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lunes, 3 de noviembre de 2008

Cuentos de Película - Flamenco

Un día más de clase. Nuevamente comenzará la pelea entre mis dos hemisferios cerebrales. A uno lo llamé teórico y al otro práctico. El teórico es genial, no falla ni una. Mi gran problema es el práctico.
El profe ordena ¡pie derecho atrás para comenzar! El teórico recibe la orden y el práctico infelizmente lo ejecuta. Pie derecho, dije, vocifera el profe, mientras todos miramos nuestros pies pero seguimos en la misma posición. No sabemos a quién se dirige exactamente. Yo no soy, seguramente piensa cada una de nosotras. Derecho atrás repite, ya en un tono mas elevado... ¿cuál es el derecho?
Ahhhhh... se escucha un murmullo y un pequeño movimiento de pies. Continúa, pie derecho atrás colas adentro cuello erguido, los dedos uno por uno comenzando por el meñique, manos hacia adentro y hacia afuera y todas las ganas y ¡¡ole!!
Hasta ese momento, recien voy por el seguno item, tratando de meter la cola.
Comienza la música.
Para.
Isabel, escucho, ¿con qué pie golpea esta sevillana??
Dos golpes con el derecho respondo con total certeza. Mientras el idiota del práctico lo hace con el pie izquierdo. Nuevamente comienza la música.
Para.
Isabel, escucho… ¿Qué pie va atrás?? Con seguridad, digo: ¡el derecho! Y con poca paciencia, me responde.. ¿y porque no lo corregís? Nuevamente comienza la música.
A esta altura de la clase, ya no recuerdo si tengo el culo adentro, adentro, si el cuello esta erguido o comprimido, si los dedos de la mano los estoy moviendo o los tengo entumecidos, y ni siquiera sé con que pie estoy golpeando, si es que estoy golpeando.
Estoy sola, tratando de controlar a mis dos hemisferios para que no se maten.
Algun día se pondrán de acuerdo y el final será tan espectacular que después de 5 años de repetir las 5 coplas, el profe quedará rendido a mis pies.
No sé si para que yo desista o para, por fin, felicitarme.
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Autor:
Isabel Maxoutian asiste al Taller de Escritura Creativa de Graciela Castellanos, del Centro de Participación Cultural de la Costa.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Cuentos de Película - La Ventana

Tengo una historia para contar. Es sobre mi compañera de toda la vida, la que me dio dos hijos, que por suerte son felices pero que no viven con nosotros hace tiempo.
El despegue de los hijos dio lugar a que se consolidara nuestra unión, ya que no se nos escapaba que no teníamos a quién recurrir cuando por nuestra vejez, no nos sentíamos seguros ni confiados en nuestras propias decisiones.
Aún jubilado, sigo trabajando en el centro -por supuesto nada que ver con mi puesto anterior- haciendo algunas cobranzas y trámites.
Todas las mañanas subo al tren de las 9 y al poco tiempo de salir de la estación, paso por los fondos de mi casa, cercana a las vías y distingo la única ventana visible, la que dejamos día y noche abierta, por el peso que tiene para nosotros la persiana de madera. Detrás del vidrio y de sus reflejos inasibles, indefectiblemente alcanzo a distinguir la mano de mi compañera, que me saluda.
Es un ritual de estos últimos años de a dos.
Fue este invierno que ella enfermó y después de luchar -creo, no tanto por vivir, sino para no abandonarme- su cuerpo cansado se rindió ante lo inevitable.
Bajamos, ese invierno, la persiana que nos costaba levantar para que no se colara el frío impiadoso que azotó la ciudad. Y no lo van a creer, nunca más la volví a levantar.
La llegada de los hijos para el funeral postergó el dolor. Pero les aseguro que al entrar en casa su ausencia dolía y creo que nunca voy a poder abrir esa persiana en cuya ventana todos los días, en mis años de vejez, hubo una mano que me despedía no por siempre, sino hasta el atardecer.
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Autor:
Margarita Hoepner, asiste al taller literario de Graciela Castellanos, del Centro de Participación Cultural de la Costa.

martes, 7 de octubre de 2008

Cuentos de Película - El Vestido de Novia

Era el año mil novecientos treinta y tres. Florencia tenía veintiún años y una gracia y deseos de vivir envidiables.
Su mamá había quedado viuda muy joven, con cuatro hijas: Rosario, Dora, Haydée y Florencia. Las edades variaban de doce a dieciocho años.
El único medio que tenía para vivir era coser para las familias adineradas porque su marido, oficial de policía, había muerto en una persecución sin dejar dinero ahorrado para el sustento de su familia.
Tuvo que organizar la vida de la casa para poder subsistir Dora y Florencia trabajarían con ella y Rosario y Haydée se ocuparían de las tareas del hogar. Les enseñó las nuevas funciones que tendría que realizar cada una y entendieron que así saldrían adelante, porque no había hombres para trabajar afuera.
Tenía un pequeño taller de costura, pero como Florencia aprendió rápido y muy bien, éste se expandió con rapidez. Había más clientas y muchas la preferían por sus modales y su creatividad.
Su mamá decía con orgullo "Florencia es una modista fina", porque se dedicaba a los vestidos de novia y de comunión de las niñas.
Todas eran bellas. Su mamá también lo era todavía. Eran descendientes de españoles y la mezcla de raza las hacía más atractivas.
Vivían dignamente: el plan familiar había dado resultado.
Florencia conoció un día al hijo del peluquero de la localidad, que trabajaba en la oficina postal. Como no llegaba la revista de modas que había solicitado, decidió ir una tarde, al correo, acompañada de su hermana Haydée.
Allí vio a ese muchacho buen mozo y de aspecto muy varonil, que muy atento las atendió, a pesar de que no era su sector.
Ni bien las había visto entrar, ya al pasar la puerta principal, había notado que Florencia era especial y decidió ir él a atenderlas.
Enseguida hubo una fluida conversación entre los jóvenes y decidieron verse el domingo en misa.
Nació así un verdadero amor y ella comenzó a soñar con realizarse por fin su propio vestido de novia.
Cuando su mamá se enteró de la situación se enojó mucho. Primero porque quería para sus hijas un novio con dinero, tal vez algún hacendado de la zona o un profesional. Si ella se casaba con un simple empleado, ya no entrarían los buenos ingresos que Florencia aportaba a la economía familiar.
Ernesto, que así se llamaba el novio, decidió hablar con la señora, pero ella con un gesto primero de asombro por el atrevimiento y luego de rechazo, no escuchó las intenciones de aquel joven que consideraba económicamente insuficiente.
Los enamorados tuvieron que verse a escondidas, muchas veces con la complicidad de sus hermanas. Conociendo ellas que Florencia amaba a Ernesto con un amor próximo a la locura, intercedían por ellos ante su madre, pero ésta estaba firme y ciega respecto a la desesperación de su hija preferida.
Entonces, en una febril y alucinante enajenación, comenzó a hacerse su vestido de novia, justificando que era de una clienta.
Cuando estuvo terminado, una noche, mientras todos dormían se vistió de blanco, con una sonrisa buscó un arma que había sido de su padre y mirándose al espejo, el mismo que todas las novias se habían mirado con emoción y diciendo "Te perdono mamá", apretó el gatillo a la altura de la sien, manchando aquel bello vestido blanco, con su sangre roja de pasión.

Autor:
Mirtha Gaitán es de Villa Adelina. Asiste al Taller de Escritura creativa que coordina Vicente Costantini en la Delegación Villa Adelina. Su mail, mirthagaitan@hotmail.com

domingo, 5 de octubre de 2008

Cuentos de Película - Respiré Hondo y Toqué el Timbre

Comencé mi marcha por la senda que bordea el río, uno de los caminos que me llevaban a tu casa.
Mientras caminaba, recordaba como hace años, corría, bajaba y subía las cuestas, feliz, porque sabía que cuando llegara, estarías esperándome con el café caliente que me parecía delicioso.
Yo te llevaba esas baguettes que tanto te gustaban ¿lo recordás? Las compraba en un negocio que todavía sigue allí, con sus tortas enormes y sus ricos panes. Me decías que te hacían acordar a las baguettes de París que comprábamos por la noche y mordisqueábamos en el subte, y cuando llegábamos eternamente felices, mirábamos la otra orilla del Sena, tan lejano y demasiado azul.
¡Hay cosas tan curiosas entre dos personas que han vivido tan felices!
Me alejé de la senda y entré en la oscuridad. Comenzaba el otoño y las hojas de los árboles se amontonaban en las veredas. Yo las arrastraba con los pies, como una autómata; sólo pensaba que iba a verte. Iba a ser la última vez. Para siempre. Me hablaste y me dijiste que me tenías que pedir perdón y yo me preguntaba si en las personas que se habían amado tanto, existía esa palabra, "perdón". Crucé en la esquina y me paré, podía sentarme, esperar o fumar un cigarrillo. Sentía mi boca seca. Parecía una náufraga. Unos niños jugaban en la vereda y se oía el tintineo de los timbres de bicicletas.
Estaba exhausta, mareada y débil por la caminata. Sabía que después de vos ya nada sería igual. Iba a terminar un ciclo de mi vida, comenzaría el ciclo de los recuerdos.
Llegué a tu casa. Todavía el manzano silvestre que tanto nos gustaba, estaba en la entrada, aunque un tanto raquítico.
Respiré hondo y toqué el timbre, pero el timbre no sonó. Sin embardo desde adentro se abrió la puerta enseguida y en silencio me dirigí hacia donde yo sabía que estabas. Me paré frente a vos y nos miramos. No hubo palabras. Fue un minuto. Dirigí otra vez los pasos hacia la puerta de enfrente, el silencio puso final a nuestra vida juntos. Comencé mi retorno por la calle angosta, abroché el abrigo pues ya empezaba a soplar el viento del atardecer. Apresuré los pasos y llegaron las lágrimas, el sollozo y un nombre. Pensé, el perdón no existe entre los que se aman, Me gustaría acostarme a dormir, no despertarme hasta que el manzano vuelva a florecer.

Autor:
Cristina Nasute es de San Isidro. Asiste al taller literario de Santiago Espel, perteneciente a la Dirección de Cultura de Vicente López. Su teléfono es 4742-9102 y su mail loboo_glleonidenticos@hotmail.com

viernes, 3 de octubre de 2008

Cuentos De Película

Esta sección pretende ser un lugar de intercambio entre escritores y estudiantes de cine. La idea es que los escritores puedan dejar en esta sección cuentos o relatos de su propia autoría para que estudiantes de cine puedan leerlos y en caso de interesarse, contactarse con los autores para una posible filmación.

Para los escritores es sencillo: sólo deberán subir a este blog un cuento o relato que consideren adecuado para ser filmado. Asimismo deberán dejar un mail de contacto y/o teléfono para que estudiantes de cine puedan comunicarse con el autor.

Para los cineastas también es sencillo: tendrán la posibilidad de leer cuentos o relatos de diferentes escritores de la ciudad, y si alguno les interesa para ser filmados, podrán conectarse telefónicamente o vía mail con el autor en cuestión.

Los autores deberán enviar sus cuentos a:

miércoles, 1 de octubre de 2008

Cuentos de Película - Algo en el Espigón

Caminaba por el espigón hasta que se terminaba. Todos los días a las seis de la tarde llegaba y se quedaba cerca de una hora mirando las olas. Desde allí el mar se veía agresivo. La misma agua que acariciaba la playa con suavidad, en la punta del espigón en cambio, golpeaba con violencia las rocas desnudas. El décimo día que caminó por el espigón, un pescador solitario armaba su caña en el extremo más alejado. Le molestó esa irrupción en un lugar que consideraba suyo. Le pasó por la cabeza el pensamiento de dar la vuelta, volverse atrás, pero después se dijo que ese lugar era muy suyo y siguió caminando. Se paró como todos los días bien en el borde, a mirar el mar. El pescador la ignoraba, concentrado en la preparación de su caña, ni siquiera le dirigió una mirada distraída. Primero se sintió aliviada, después de un rato, invisible. Aprovechó para observar con disimulo los preparativos del pescador y se dio cuenta de que maniobraba el sedal y los anzuelos sin mirar. Su vista se perdía en el mar y las manos parecían tener otra frecuencia. Cuando terminó de armar la caña se enderezó y ella comprobó que era muy alto y flaco. Estaba abrigado con una superposición de prendas tejidas y coronado con un gorro de lana. Lanzó la línea con un limpio envión, le dio vueltas al carrete para aflojar el sedal y se sentó en una roca a esperar. Mientras ella observaba todo, comenzó a levantarse un viento cada vez más fuerte desde el mar. Empujaba el oleaje contra el espigón y a cada arremetida salpicaba una finísima lluvia salada. Ella pensó en retroceder, pero como el pescador no se movía simplemente se quedó allí mojándose cada vez más. Casi una hora después, totalmente ignorada y empapada se volvió a su casa. Durante las siguientes semanas, sin importarle el clima caminó hasta la punta del espigón a observar el mar y al pescador solitario.

Él no parecía notar nunca que ella estaba allí, sin embargo sintió que se formaba una conexión silenciosa, con el ruido del océano de fondo, se enredaban los pensamientos de los dos. Después de un mes de encontrarse todos los atardeceres sin verse realmente, un día frío de marzo el pescador no estaba en la punta del espigón. Ella esperó inútilmente. Se hizo de noche y entonces retrocedió hasta la zona de los quioscos de comida y preguntó por el pescador. Las miradas fueron de extrañeza. Entonces escuchó el comentario de la vendedora de rabas que repasaba el mostrador:
- Ese chico se ahogó mientras pescaba, hace quince años, justo un día como el de hoy.
El viejo que acomodaba billetes y monedas en la caja registradora miró a la vendedora, hizo un gesto de duda.
-¿Con quién estás hablando? Ella siguió limpiando mecánicamente.
- Con nadie, solamente me acordaba del pobre pescador- El cajero movió la cabeza con tristeza.
- Yo me acuerdo mejor de la chica romántica que miraba el agua demasiado cerca del borde.
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Autor:
Irene Fassi, asiste al Taller de Escritura Creativa de Graciela Castellanos, del Centro de Participación Cultural de la Costa. Su mail es
irene.fassi@hotmail.com

sábado, 20 de septiembre de 2008

Cuentos de Película - Los Pasillos del Destino

A Darío siempre le llamaba la atención observar cómo las toscas manos del Pete manipulaban, con habilidad de relojero, ese tubito metálico al que trabajosamente rellenaba con hilachas de hilo sisal, mezclado con ese polvito blancuzco. Luego lo comprimía una y otra vez con su dedo índice, que más que dedo parecía un apéndice de cuero terminado en una uña más sucia que la de un mecánico.
A veces le metía virulana, esa malla metálica entreverada que sirve para lavar platos o pulir objetos metálicos y que, contra toda lógica, se quema fácilmente. Pero la Virulana es demasiado cara y a veces no hay disponible, entonces se la rebuscaba metiendo otras cosas, aserrín, papel picado, hilo, lo que consiguiese.
El Rafa miraba la operación con cara de opa, sus facciones huesudas, sus ojeras tan grandes y oscuras que parecían un antifaz, la boca entreabierta, los ojos fijos en las manos laboriosas del Pete. Era evidente que las continuas fumatas del polvito blanco estaban causando estragos en su cerebro y en su cuerpo, pero al Rafa parecía no importarle, a decir verdad, nada parecía importarle.
Es más, a la mayoría de la gente de la villa parecía no importarle nada de nada, la música de bailanta se escuchaba permanentemente de fondo como si todos los días fueran de fiesta. La gente se reía constantemente, los muchachos bromeaban entre ellos, ¿estaban alegres?, se preguntaba a veces Darío, ¿alegres de qué?. En realidad, más que alegría, parecían representar una grotesca, tragicómica caricatura de la felicidad. El consumo de alcohol ayudaba mucho, seguramente, a mantener esa apariencia feliz.
El hermano de Darío, Juan, alias El Mono, también esperaba que el Pete terminara su trabajo, entonces daba saltitos nerviosos mientras frotaba sus manos, con esa delgadez extrema que lo caracterizaba y esas orejas en asa que le ganaron el apodo. Era dos años menor que Darío pero de estatura casi igual, en lo único que se parecían, porque Juan era más salvaje, más independiente, más desprejuiciado.
El Pete observó el tubito de un lado y otro, le dio un retoque y otra apretada al relleno, lo volvió a observar con ojos de experto. Finalmente el resultado pareció conformarlo y entonces estiró la mano en un movimiento automático, repetido centenares de veces, para tomar el encendedor que le alcanzaba el Rafa. Puso la llama en una punta del tubito encendiendo la estopa de hilo, después acercó el otro extremo del tubo a su boca sin separar el encendedor y aspiró profundamente. Su rostro quedó envuelto en un humo grisáceo con aroma acre, exhaló lentamente, como disfrutando, luego aspiró otra profunda bocanada y le pasó el tubito al Rafa que lo esperaba ansioso. Más tarde le tocó el turno al Mono, que repitió el ritual de las dos bocanadas y quedó en un estado que quería parecerse al éxtasis, pero que en realidad daba la impresión de ser una mueca de lo que Rafa imaginaba sería la satisfacción.
Darío se limitaba a observarlos, había aspirado el humo espeso y áspero una vez y no le había gustado, le había dejado un gusto feo en la boca y un dolor de cabeza que le duró varios días. ¿Qué encontraban de bueno sus amigos en ese polvito blanco?, se preguntaba sin encontrar respuesta
Es cierto que por un momento, recién inhalado el humo de la pipa se había sentido más fuerte, más alto, más lindo, más seguro, hasta se sintió rubio de ojos celestes. Por unos instantes tuvo la sensación de que era capaz de encarar cualquier desafío, de que el mundo le quedaba chico, la cabeza le daba vueltas, los pensamientos se le mezclaban, el ruido de la calle y las voces de los otros le parecían un murmullo lejano.
Lo malo fue que ese estado maravilloso le duró media hora, y el dolor de cabeza y las náuseas varios días. Cuando llegó a su casa y se miró al espejo se desilusionó al comprobar que seguía siendo el mismo negro, petiso, feo y miserable de siempre.
Estas actitudes de no integrarse del todo a las costumbres del barrio le habían ganado entre la barra de amigos la fama de raro, raro en el sentido de distinto, entiendasé, no de lo otro, de eso no había dudas.
-Por lo menos no le vayas con alcahueterías a la vieja – le había dicho una vez Juancito.
-No seas salame che, si vos sabes que yo nunca le cuento nada a la vieja- contestó Darío entre enojado y ofendido.
Nunca le cuento nada a la vieja, nunca le cuento nada a la vieja, nunca le cuento nada a la vieja, la frase quedó rebotando en su cerebro por días y días. ¿Haría bien en no contarle nada de lo que veía y oía a su madre? ¿Haría bien en callarse lo que sabía que hacía su hermano? Su madre parecía distraída, parecía no darse cuenta de nada, como muy ocupada en otros asuntos.
Aunque a veces, si uno no tiene soluciones para ofrecer, a lo mejor es bueno no darse cuenta de nada, pensó Darío.
Pero él sabía que el Mono andaba en malos pasos por eso se preguntaba si hacía bien en no decirle nada a su madre. Una vez había visto al Mono, al Pete y al Rafa manipulando un revólver que alguien les había vendido o alquilado y sabía que no lo habían comprado para practicar tiro al blanco, ni para cazar pajaritos. Además, el Mono, a veces, se aparecía con zapatillas de marca, relojes caros, equipos de música. Era evidente que no los compraba. Luego los objetos desaparecían rápido, seguramente vendidos a precio vil para tener efectivo y comprar el maldito polvito blanco.

Su madre miraba la televisión mientras lavaba la ropa de él y de sus cinco hermanos en el fuentón de latón, friega que te friega en la gastada tabla de lavar. En la televisión aparecían siempre tipos elegantes, montados en autos hermosos y brillantes, o en motocicletas impecables, acompañados por tremendas mujeres, de largas cabelleras y hermosos cuerpos, que se arrimaban mimosas a los tipos y parecían adorarlos, ¡lo que puede la guita!, pensaba Darío.
En todos los canales pasaban programas en los cuales se mostraba una vida tan distinta, tan mejor a la suya, tan impensable que parecía ser de otro país, más que de otro país, de otro mundo parecía, pero no, era gente de este mundo y de este país, que hacía derroche de plata, lujo, frivolidad y alegría hasta la obscenidad, gente de mundo, que hoy estaba en Punta del Este y mañana en Europa y luego en New York, con tanta naturalidad como Darío transitaba por las calles de barro que rodeaban a su casa.

Gente que tenía tiempo para hablar de una sarta de pavadas durante todo el día, para bailar en un programa, pelearse con alguien en otro, y comentar una y otra vez lo sucedido en otros varios programas que, como bichos carroñeros, se alimentaban de lo que pasaba en el de la noche. ¿De qué laburarían estos cosos?, se preguntaba Darío a veces. Porque no me digan que eso de hablar pavadas en la tele y bailar medio en bolas en algún programa es un laburo, estos tipos y minas están siempre de joda, pensaba Darío con algo de bronca y mucho de envidia.
A veces se le daba por pensar que esa gente no existía en la vida real, que eran solo personajes de la televisión, pero sin embargo él los veía a diario, cuando trataba de ganarse unos pesos limpiando parabrisas junto al Goma, su otro hermano, el mayor de todos.
Cuando cortaba el semáforo se detenían autos importados, relucientes, como los de la tele, con gente bien vestida, tipos de guita y minas muy fuertes, con olor a perfume, y caras de leonas hambrientas. Lo que más lo impresionaba a Darío eran sus miradas de desprecio, de asco, como si su mano extendida pidiendo una moneda, fuera un insecto repelente, una babosa repugnante que se acercaba reptando.
Había excepciones claro, siempre estaban los que, por lástima o por consideración, les tiraban alguna moneda.
La dignidad es un objeto suntuoso como cualquier otro, pensaba Darío, no todos podían darse el lujo de pretender ejercerla, para muchos es tan inalcanzable como una limusina o un castillo.
-¿Vos pensás que Dios existe?- le preguntó un día Darío a Pedro, alías el Mosca (lo llamaban así por su habilidad para caminar por las paredes de las casas y meterse por las ventanas a robar), su hermano mayor, que le llevaba solo dos años pero que ya había estado en la cárcel varias veces por distintos motivos que no vienen al caso.
- Y claro gil – le dijo el Mosca, -Dios se llama Diego Maradona, y es villero y argentino viejo, que más querés-.
- Yo preguntaba por el otro, por el verdadero – dijo Darío desilusionado
- No sé pibe, a ese no lo vi nunca, no lo conozco, y por lo que veo que pasa acá, si existe, debe estar muy ocupado en alguna otra parte, vaya a saber uno en qué fatos anda el barbudo, porque lo que es a nosotros, no nos da ni pelota - le contestó el Mosca mientras se empinaba de un trago el vaso completo de vino tinto.
-Pero bueno, ahí tenemos como intermediaria a la virgencita de Itatí- le dijo riendo y señalando la pequeña capillita con la estatua de la virgen que se erigía una cuadra más allá.
-Eso si, no te afanes las monedas que le deja la gilada porque esas son mías – .
El Mosca se reía y se servía otro vaso generoso de tinto, era joven pero le faltaban casi todos los dientes.
Cuando Darío contó en su casa que el verdulero de la esquina le había ofrecido darle unos pesos a cambio de repartir verduras a domicilio, la única que pareció alegrarse fue su madre, sus hermanos se rieron y se miraron entre ellos como sin entender. Una vez a solas, el Mosca y el Mono lo jodían porque Darío les dijo que podía llegar a juntar trescientos o cuatrocientos pesos por mes con el reparto.
-Y vos, pedazo de salame, te vas a deslomar todos los días para juntar esa miseria. En una noche de caño con nosotros sacarías veinte veces esa cantidad, gil- le dijo el Mosca tanteando el revólver que ocultaba en su cintura y que su madre nunca había visto, tal vez porque siempre estaba mirando para otro lado.
Darío les gambeteaba a las malas compañías, tenía que convivir con ellos sin que se le peguen los malos hábitos, pero sin parecer un sapo de otro pozo. No era fácil, parecía un delantero habilidoso zigzagueando entre los defensores rivales, escapándole a las zancadillas y las patadas que le tiraba el destino. ¡Qué difícil se hace todo che!- se decía a si mismo o a algún amigo de confianza. Algunas veces te dan ganas de mandar todo a la mierda y dedicarte a la joda como los chabones de la tele.
-Para eso hay que nacer con guita o con suerte- sentenciaba su amigo, a nosotros seguro que nos sacan a patadas nos sacan-.
-¿Será cierto que uno nace con el destino marcado?- le preguntaba Darío a su amigo una noche de verano, mientras acostados en el terraplén del ferrocarril, miraban las estrellas que brillaban como si el cielo fuera una sábana negra toda agujereada, por donde se filtraba la luz de algún farol.
Su amigo se escarbaba los dientes con una pajita que había recogido del suelo.
- Y si, puede ser, para mi algo de eso hay, me parece que cuando uno nace para pito nunca llega a ser corneta – sentenció con una filosofía sencilla pero afilada.
-Es jodido pensar así- dijo Darío – quiere decir que uno tiene que dejarse llevar por la corriente, total, haga lo que haga no podrá cambiar nunca su destino, entonces para qué esforzarse, para qué romperse el coco pensando en salir del pozo, para qué remarla si la corriente en contra te mantiene siempre en el mismo sitio, ¿jodido no?- Se quedó callado, pero haciendo gestos, como si sus contradicciones continuaran en silencio dentro suyo.
Su amigo se había quedado dormido, se escuchaba su ronquido suave y monótono. A Darío no le importaba, a decir verdad él hablaba consigo mismo, su interlocutor era una simple excusa para cubrir las formas, para que no lo tomaran por loco por estar hablando solo, o para convencerse a si mismo de que estaba hablando con alguien.
-Por ejemplo a mi me gusta la Julia, ahora que tengo trabajo estoy juntando unos mangos para comprarle un vestido, uno verde con rayitas blancas que vi. en la feria el otro día. La Julia parece una buena piba, su familia es de terror, pero ella parece de otro palo, siempre prolijita, muy seria. Estudia para maestra creo. Sus hermanos son unos vagos, a veces se juntan con los míos y no creo que sea para nada bueno. Si la Julia me da bola me meto en serio. Su amigo roncaba más fuerte.
Ese día Darío regresaba a su casa después del reparto, estaba contento, Julia había aceptado ser su novia, el vestido verde con rayitas blancas le había encantado, caminaba distraído pensando en que a lo mejor el destino lo escribía cada uno.
Cuando levantó la cabeza vio venir al Mosca y al Mono corriendo, levantó un brazo como para saludarlos. Recién entonces vio que el Mono tenía el revólver en la mano y detrás de ellos pudo ver a tres policías que los corrían a los tiros, uno de ellos levantó la nueve milímetros y disparó, la bala debe haber pasado rozando al Mosca, le pegó a Darío en medio del pecho. Cayó al suelo, primero de rodillas y después de costado. Antes de morir alcanzó a ver que sus hermanos se perdían entre los pasillos de la villa y sintió algo de alivio.
Puede ser que el destino esté escrito, o que cada uno escriba el suyo propio, el problema es que hay demasiada gente que no sabe leer ni escribir.

Autor:
Alfredo Guastavino vive en Munro. Su teléfono es 4765-7051 y su mail aguastav@yahoo.com.ar

viernes, 12 de septiembre de 2008

Cuentos de Película: La Leyenda de Coronda

Gervasio Maidana nació séptimo hijo varón de una humilde familia de las afueras de Coronda. Su padre, Hipólito, llevaba en la piel expuesta de su rostro y brazos, las huellas de infinidad de años trabajados de sol a sol en el campo, cosechando frutos que otros se llevarían. Era hombre de mirada dura y andar resuelto. Muy pocas veces se lo había visto reír y en esas oportunidades parecía pedirle permiso a los músculos de su cara para hacerlo. Su esposa Jacinta aparentaba más años de los que en verdad tenía. La giba de su espalda la obligaba a andar con la cabeza gacha, lo que, para su beneficio, hacía apenas visible su mirada triste y su expresión cansada.
El día que nació Gervasio, al ver su sexo, la comadrona exclamó: ¡Lobisón ha de ser! Y Jacinta, Hipólito y los hijos mayores inmediatamente se persignaron mirando al cielo.
Sin embargo, el niño no daba señales de revelar problema alguno y fue creciendo sano y robusto, a pesar de tener su madre una actitud algo distante hacia él. No se animaba la pobre Jacinta a brindarse por entero como lo había hecho con el resto de sus hijos. Tenía la convicción de que algún día irremediablemente lo iba a perder.
En esos años la familia perdió a dos de sus hijos a causa de la difteria, y nació un octavo más tarde, por lo que la población de Coronda perdió la cuenta de cuántos hijos había dado a luz la pareja y cuáles eran los fallecidos. Así fue, que la cuestión del lobisón quedó en el olvido.
Desde pequeño, Gervasio hizo gala de un carácter alegre y jubiloso. Se mostraba cariñoso y afable con todos. Al llegar a la adolescencia floreció en él una privilegiada fisonomía de varón y un físico atlético y vigoroso. Era un joven atractivo y enamoradizo, y esta cualidad lo estimulaba para dirigirse casi todas las tardes hacia la alameda que rodeaba la aguada para ver pasar a las jóvenes muchachas del pueblo que volvían de la molienda. Las miraba embelesado y a su regreso tejía todo tipo de fantasías en su mente apasionada.
Un día, vio pasar a una joven esbelta y llamativa que concitó su atención ya que hasta ese momento nunca la había visto en el grupo de mozas. Descubrió en su modo de andar algo particular. Su figura etérea parecía suspendida en el aire, como si sus pies no necesitaran del suelo para caminar. No pudo Gervasio dejar de fijar su mirada en esos inmensos ojos color azabache, rodeados de largas pestañas. Luego recorrió su pelo brillante y liso como piel de víbora, largo hasta una cintura fina y exquisita, que resaltaba de forma notable la redondez de su cadera. La visión de esa mujer dejó a Gervasio alucinado, preguntándose si era en verdad real o la estaba soñando. Perturbado por su emoción la siguió a cierta distancia hasta llegar al pueblo, y se detuvo cuando la vio entrar al almacén de ramos generales.
Volvió a la alameda al día siguiente y al otro pero ella no pasó. Al tercer día, excitado por no encontrarla, se dirigió resueltamente al almacén y esperó largo tiempo hasta que la vio salir. Amalia llevaba en sus manos una canasta de pan. Gervasio se acercó presuroso y ofreció su ayuda tomando galantemente la canasta.
- ¿Hacia dónde vas?- preguntó
- A la panadería frente a la plaza – contestó la muchacha, mientras disimuladamente apreciaba de soslayo la varonil figura del joven.
- Te acompaño, y si me dices a qué hora vas mañana, vuelvo y te ayudo con la canasta-
- A las cuatro – contestó Amalia.
Este encuentro sería el prolegómeno de un ardiente amor, nacido con un designio adverso. Los jóvenes, que pronto comenzaron a amarse con pasión, se veían en la plaza del pueblo o en los bosques que separaban Coronda de los alrededores donde vivía Gervasio. Cuando estaban juntos, no existían el tiempo ni el espacio. Sólo ellos conocían en qué dimensión transcurrían sus vidas. Una dimensión que no podía ser penetrada por nadie más que por la pareja.
Así sucedieron meses de enardecidos encuentros. Cada día pasaban más momentos juntos y sufrían intensamente cuando debían separarse. Tenían la convicción de que nada podría perturbar ese amor infinito…
Pero algo preanunciado, habría de suceder. Una noche de verano, en que todos dormían, Gervasio sintió de pronto un impulso irrefrenable de levantarse y salir fuera de su casa. No pudo evitar el instinto, y comenzó a caminar hacia las colinas sin detenerse. Mientras marchaba, se regocijaba con los olores nocturnos, a tierra húmeda por el rocío, a flores silvestres, a animal en celo. A poco de andar, la luz de la luna llena sobre su cabeza delató los primeros vellos gruesos que comenzaron a brotar de su piel, cubriendo brazos y rostro. Miró con estupor sus manos peludas en el dorso y sus uñas largas y afiladas. Bajó la cabeza. Sus piernas y todo el cuerpo, aunque no podía verlo entero, estaban totalmente cubiertos de pelos. Las ropas comenzaban a incomodarle. Un sutil olor a animal penetró sus fosas nasales y dejó una fuerte impresión en su mente. Su andar se había transformado. El ruido de sus pisadas sobre la tierra era más intenso. Llevó sus manos a la cara, y las alejó rápidamente al comprobar que no era sólo una suave piel adolescente lo que palpaba. Alzó su rostro al cielo y presa de un intenso aturdimiento, sintió el deseo de aullar. En pocos instantes, el coro de ladridos de perros asustados comenzó a brotar de la espesura. Y desde ese momento, cada noche de luna llena, los aullidos se hicieron familiares para los pobladores de la comarca, quienes confundidos, pensaban que los lobos habían irrumpido una vez más en el lugar.
La desventura comenzó así a invadir sin permiso la vida de Gervasio. Pero su desgracia tenía un atenuante. A diferencia de otros lobisones, él no sentía la necesidad de matar. Su espíritu parecía más necesitado de amor que de sangre. Quizás por ello, las aciagas noches de luna llena, en lugar de buscar presas para ultimar, buscaba denodadamente la casa de su amada y, escondido detrás de un árbol, miraba hacia la ventana de su dormitorio y lloraba desconsolado, pensando en la posibilidad de perder su amor por el seguro rechazo que le produciría su horrible aspecto, si lo viera en esas circunstancias. Se reconfortaba al reflexionar que al día siguiente, podría mostrarle a Amalia, su otra imagen y amarla como de costumbre. Antes de marcharse, cuando se acercaba el amanecer, se deslizaba sigilosamente hasta la ventana del cuarto, cuidando que nadie lo viese, y arrojaba dentro un papel doblado que contenía los versos más bellos que jamás se hubiesen leído en toda la región. Al volver a su casa iba desgajando aullidos tan melancólicos, que sonaban como una serenata de amor. Su música llegaba a los oídos de Amalia, quien muchas veces se preguntaba qué animal sería capaz de expresar aquellos tristes lamentos que la despertaban ciertas noches, y que tanto se parecían a los humanos por los sentimientos que transmitían. Solía quedarse escuchándolos hasta que cesaban. Con el transcurso del tiempo comenzó a esperar con ansias esas noches de lamentos y poemas. Y en la intimidad de su dormitorio leía extasiada esos versos de amor que la embriagaban. Se preguntaba quién sería ese ser anónimo que la amaba tanto o más que Gervasio. Su corazón fue tejiendo una maraña confusa de sentimientos, en los que se mezclaban el amor de Gervasio, los poemas y el enigma que la abrumaba.
Una noche, desde temprano, montó guardia en la ventana esperando descubrir el misterio. Entre ansiedades y desconcierto fueron pasando las horas, pero nada vio, nadie se acercó. Cuando se disponía a dormir, divisó entre las tinieblas de la madrugada húmeda, una sombra con forma animal que huía. Luego de unos minutos, aquellos lamentos que horadaban su alma sonaron con más fuerza que nunca. Elevó entonces su mirada hacia la luna y la vio llena en todo su esplendor. Tuvo de este modo la certeza. El enigma se daba en las noches en que Selene bañaba la comarca con la luz de su plenitud.
En esos días, una tarde en que ella y Gervasio vivían su amor recostados sobre la hierba, el joven, mientras cubría de besos el rostro de su amada, repentinamente tomó sus manos con fuerza inusitada y le pidió que jurara amarlo más allá de cualquier desventura y de todo lo que pudiese acontecer en el universo. Mientras ella asentía, por la mente del muchacho deambulaban las palabras leídas en "El libro de las revelaciones" que mantenía celosamente oculto en su cuarto: "El hechizo se romperá en el preciso instante en que la persona amada bese los labios del lobisón la noche de luna llena". Ese día permanecieron gozando de su amor hasta el anochecer.
Poco tiempo después, Gervasio le pidió ver su belleza a la luz de la luna llena. A pesar de la necesidad de urdir un plan para poder salir a escondidas de su casa, ella accedió e inmediatamente ultimaron los detalles y combinaron la cita. El encuentro sería en la alameda donde se habían conocido.
Ambos esperaron ansiosamente el momento. Para Gervasio fue una tortura infinita. Apenas dormía por las noches, y pasaba buena parte de ellas llorando con desconsuelo. La tristeza y la duda le quitaron el apetito. Su madre comenzó a preocuparse, pero trataba de conformarse pensando que eran cosas de adolescente.
Finalmente llegó la noche en que la luna mostró totalmente su cara a la Tierra y Amalia, a la hora pactada, saltó secretamente por la ventana de su dormitorio, cubierta con un manto negro para pasar inadvertida, y corrió con premura hacia el lugar de la cita.
Gervasio, en tanto, transformada su fisonomía e invadido por la ansiedad y la angustia del encuentro, dos horas antes ya se hallaba atravesando el bosque que llevaba a la alameda. Caminaba nerviosamente, algo sostenía cuidadosamente con una de las garras. Sus fuertes pisadas se escuchaban a distancia. Varias liebres se cruzaron frente a él corriendo espantadas. El corazón de Gervasio latía desesperadamente. Una mezcla de amor, zozobra e inquietud lo embargaba. Pasaban por su mente infinitos rostros con distintas expresiones y en todos, los rasgos de Amalia.
Pero, al llegar a un claro del bosque, un disparo sonó potente y lacónico. El conjunto de perdigones atravesó el cuerpo de Gervasio, lo levantó en el aire y lo volteó inerte boca arriba sobre la hierba.
Los cazadores, ni siquiera se acercaron. Mientras uno exclamaba. "¡Le diste! Uno menos a comerse las liebres", el otro disparó nuevamente sobre una pareja de animalitos en la espesura del bosque y ambos corrieron a buscar las presas.
Amalia esperaría hasta la madrugada para volver a su casa confundida y triste. Ingresó silenciosamente por la ventana, se hundió en la soledad de la cama y lloró hasta que su madre le golpeó la puerta para despertarla. Su corazón dolorido no podía comprender por qué Gervasio había faltado a la cita.
Esa mañana Jacinta, al ver que el joven no estaba en su dormitorio, avisó al marido quien junto a dos de sus hijos salieron en su búsqueda. Tomaron caminos distintos y luego de varias horas recorriendo los alrededores, fue su padre quien encontró en el bosque a Gervasio. Su mirada dura se transformó en un instante y lloró en un estado de infinita e inconcebible desazón, recostado sobre el cuerpo frío, casi rozando el rostro de su hijo petrificado en una expresión indefinida. El mismo rostro de siempre. Uno de sus puños estaba cerrado contra su pecho. Lo abrió y tomó de entre sus dedos un papel doblado en varias partes. En él encontró escritos y dedicados a Amalia, a quien los entregó, los versos más tiernos que jamás haya imaginado. Lloró sin cesar hasta que fue localizado por uno de sus hijos cuando ya el Sol se ocultaba, y seguiría llorando en las sombras de su intimidad hasta el fin de sus días. Sólo él sabía que había encontrado a Gervasio exactamente en el sitio donde la noche anterior había disparado sobre aquel lobo depredador.
Nunca se supo en la comarca quién había sido el asesino del joven.
Cierto día, la sufrida Jacinta halló, mientras limpiaba el cuarto de su hijo muerto, el misterioso libro de las revelaciones. Nada se atrevió a decir. Desde mucho antes de estos acontecimientos había sospechado la amarga realidad. Su amado retoño ya tenía edad suficiente como para transformarse en lobisón y sabía que su destino sería la muerte a manos de cualquiera de los tantos cazadores que habitaban Coronda. Y en pro de salvaguardar la imagen de Gervasio guardaría ese secreto, en su frágil corazón, hasta el día de su muerte.
El mismo día en que Jacinta encontraba el libro y decidía guardar silencio, Amalia supo que llevaba dentro suyo un hijo de la persona a quien tanto había amado.
Si bien la región sería asediada en varias oportunidades por los lobos, ni la joven, ni el resto de los pobladores de la comarca, volvieron a escuchar jamás aquellos aullidos dolientes de las noches de luna llena.

Autor:
Lelia Fochile vive en Carapachay. Actualmente está participando de dos talleres literarios, uno a cargo de Santiago Espel y el otro a cargo de Juan Disante. Su celular es 15-6081-8051, su mail: leliafo@yahoo.com.ar

miércoles, 27 de agosto de 2008

Cuentos de Película - Parada 114

Yo nací en Parada 114, en una tarde de primavera en la que mi madre salió para comprar papas del otro lado de la ruta. Nací en medio del polvo del camino secundario por el que pasaban uno o dos vehículos por día, bajo el techo del refugio que marca el kilómetro 114.
Ese año vivían en el pueblo cuarenta y siete personas y trece más en las chacras de los alrededores. Lo sé muy bien porque siempre me dijeron que yo había sido el habitante número sesenta y uno. El que nació en el camino, el que parecía estar siempre esperando ver qué o quién llegaba. De pequeño me pasaba horas sentado en el banco del refugio, mirando la ruta por donde creía que él llegaría algún día. Cuando caía el sol, mi madre venía a buscarme y me miraba con ojos tristes.
-Vamos a casa, el aire ya está frío – y yo la seguía para el rancho, sabiendo que al otro día después del colegio y de las tareas en el gallinero, volvería a instalarme en el banco, esperando.
Creo que dejé de hacerlo cuando cumplí quince años. Para esa época ya tenía el mote de opa en el pueblo y empezaba a darme cuenta de que se relacionaba con el tiempo que yo pasaba sentado, sin hacer otra cosa que mirar la lejanía, en el banco de la parada 114. Mi madre lo notó, pero como nunca fue muy conversadora sólo me dijo
- Estás creciendo... ya sos casi un hombre – creo que estaba calculando el tiempo que tardaría en preguntarle directamente por él. Pasó un año más hasta que lo hice y otro año hasta que conseguí un nombre y una ciudad. Por fin, cuando cumplí dieciocho armé un bolso, le di un beso a mi madre y salí del pueblo. Al pasar por la parada 114 el viento de primavera arremolinaba el polvo seco.
Estoy de vuelta, parado delante de la puerta de mi casa, a un minuto de reencontrar a mi madre, sentada en la mecedora, tejiendo. Sé que me mirará con sus ojos tristes, cómo si no hubieran pasado tres años y me alcanzará un mate dulce. Lo que yo pueda haber encontrado, o no, en la ciudad, ya no nos importará. Parada 114 es nuestro lugar.
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Autor:
Irene Fassi, asiste al Taller de Escritura Creativa de Graciela Castellanos, del Centro de Participación Cultural de la Costa. Su mail es irene.fassi@hotmail.com

sábado, 23 de agosto de 2008

Cuentos de Película - Rojas

La preceptora nos pidió que, sentados, esperásemos en silencio a la nueva profesora. Los más bravos se pararon y alguno hasta se animó a tirar un bollo de papel. Las chicas siguieron con sus charlatanerías y los del fondo comenzaron a golpear sus escritorios con ritmo murguero. Le comenté a mi compañero de banco que la suplente sería la salvación; nadie podía ser tan implacable como Rodríguez, el profesor titular de biología, a la hora de una prueba. Con unos buenos machetes podría alcanzar el nueve que necesitaba para no llevarme la materia a diciembre.
- Alumnos, de pie, la señora Rojas.
El silencio irrumpió en el aula una vez que la puerta estuvo abierta. Tenía el cabello negrísimo, largo casi hasta la cintura, la piel blanca como una perla y los labios pintados de un rojo carmesí que hacía juego con las enormes flores estampadas en su vestido beige. El golpeteo de sus tacos contra el piso la acompañó hasta que estuvo parada al frente de la clase. Una voz grave y melódica quebrantó aquel mutismo.
- Soy la profesora suplente de biología, mi nombre es Miriam Rojas y vamos a estar juntos hasta fin de año, así que espero nos llevemos bien. Pueden sentarse.
Las chicas se miraron con gestos incrédulos de tener frente a sí a una mujer tan bonita. Algunos varones se patearon por debajo de los bancos y otros no necesitaron siquiera hacer una mueca.
- Es la viuda de la vuelta de la canchita –pensé en voz alta - La conozco, esta mina a mi viejo lo tiene loco – le susurré a boca torcida a mi compañero, aprovechando el barullo que todos hicieron al sentarse.
No lo podía creer. A la tal Rojas, en el entretiempo de un partido en la sociedad de fomento, mi viejo le dijo un piropo y la mina se dio vuelta y le pegó un cachetazo. Observé todo desde la puerta del club, pero para que mi viejo no se sintiera mal, jamás le confesé que había presenciado aquella escena. Más de una vez la había visto en las cercanías de la canchita y siempre me llamó la atención el blanco níveo de su piel y la tersura de sus piernas. Mi vieja, a la que no se le escapa nada, me dijo un día que la cruzamos cerca del Vélez.
- ¿A vos también te parece linda esa señora, no? A tu papá ya lo agarré mirándola desde los ventanales del club. Hace poco enviudó y creo que es profesora o algo así.
Cuando la preceptora anunció que Rodríguez había pedido licencia por enfermedad, todos sentimos un gran alivio. A pocos les interesó la gravedad de lo que padecía; lo realmente importante era que a la hora de rendir el examen de fin de año fuera otra persona, y no él, quien estuviese al frente del aula.
De nuestro convaleciente profesor de biología podían destacarse muchas cosas: los impecables trajes, el brillo de cada una de las hebillas de su maletín de cuero, su portentosa voz, la claridad para explicar la lección de turno o la templanza para decirle a cualquiera que no tenía la menor idea de lo que estaba hablando, pero sin duda, su principal cualidad era la sagacidad que tenía para darse cuenta que uno se estaba copiando.
Cuando Rodríguez tomaba una prueba caminaba entre las filas de bancos simulando examinar su corbata, estudiar las manchas de humedad del techo o contabilizar las baldosas del piso, pero todos sus sentidos estaban, en realidad, atentos a atrapar al malhechor que quisiera copiarse de algún machete o a aquel que intentara, a tontas y locas, buscar ayuda en el compañero más próximo, que siempre estaba lejos, ya que Rodríguez dividía la clase en seis temas.
Dios había escuchado tanto ruego y se había apiadado de nosotros y del resto de las divisiones que lo tenían a cargo de su materia. “El inmortal”, como lo venían llamando en secreto innumerables camadas de alumnos del Nacional 23, estaba enfermo, y con ello decenas de chicos habían resucitado: el milagro de aprobar biología era posible.
- ¿Alvarez?
- Presente, señorita – respondió, bajo la hipnosis de aquellos labios rojos, el primero de la lista.
La verdad es que era muy bonita la nueva profesora. Desde el día que le pegó el bife a mi viejo, comencé a buscar cualquier excusa para ir al club con el deseo de cruzármela por el barrio. Se me fue tornando una obsesión que se acentuó el día que entró al aula y supe que la tendría frente a mí, al menos, tres horas por semana. A partir de aquel momento biología se transformó en mi materia favorita. Estudié denodadamente cada lección que ella explicó y a la clase siguiente siempre fui el primero en levantar la mano para contestar sus preguntas. Creo que a partir de la cuarta clase ella comenzó a mirarme de una manera distinta. En un juego, para el que tuve que reunir muchas agallas, decidí que la miraría a los ojos tiempo completo, hasta que ella lo notara; y lo notó.
Evitaba mirarme, y cuando yo levantaba la mano para responder me decía: “usted contesta siempre, deje que participen los demás”. Seguí estudiando y seguí levantando la mano, hasta que llegó el día del examen de fin de año. Estaba preparado como nunca lo había estado para una prueba y no me asustaron las veinte preguntas que nos planteó.
Me extendí tanto en las respuestas que cuando sonó el timbre del recreo aún me faltaban responder tres preguntas. Le pedí a la profesora continuar bajo su supervisión, pero de nuevo, sin mirarme, me dijo que el tiempo se había terminado para todos.
En caso de tener todas las respuestas correctas, a cincuenta centésimos por pregunta, calculé que nunca iba a llegar al nueve que necesitaba. En el recreo me acerqué hasta la sala de profesores y pedí hablar con ella un minuto.
- Ya le dije, Panzotti, el examen terminó.
- Es que necesito un nueve, y no sé si llego.
- Se hubiera acordado antes. Ahora, discúlpeme, tengo que ir a otra clase.
Cuando nos devolvió el examen y vi que me había sacado un ocho cincuenta quise llorar, pero aguanté estoico. Esa mañana ella tenía puesto el mismo vestido beige con flores rojas que había traído el día que llegó al colegio, los mismos zapatos y el mismo rojo en los labios. Quise hablarle, pero mirándome fijo a los ojos se negó a escuchar mis súplicas.
- Panzotti, este no es el momento ni el lugar – susurró arqueando sus cejas.
Quedé atónito, intentando comprender aquella frase. Fui hasta mi banco y estrujé lentamente aquella prueba, pensando cuál sería el momento, y cuál el lugar. A la tarde, en casa, le comenté todo al desenfadado de mi hermano mayor, que sin titubear me dijo: “¿No me dijiste una vez que sabias donde vive? Esa mina quiere que vayas a la casa. Hacele caso a tu hermanito” me palmeó el hombro y se fue con el mate a la cocina. Una vez, poco antes de que se presentara como profesora suplente, la había seguido sin que se diera cuenta; vivía justo atrás de la canchita.
Fui a preparar el bolso para irme a entrenar al club con el consejo alocado de mi hermano dando vueltas en la cabeza. En pleno entrenamiento, en el partido que jugábamos titulares contra suplentes, me quedó la pelota picando frente al arco que estaba de espaldas a su casa. Nunca supe si lo hice adrede, pero le pegué tan mal a aquella pelota que pasó por arriba del alambrado y fue a dar, calculamos todos en ese momento, a la casa de la vecina. Cuando terminó el entrenamiento, el técnico no me dejó escapatoria.
- Dale, burro, vos la colgaste, vos la vas a buscar.
Salí corriendo seguro de lo que iba a hacer, pero cuando estaba dando vuelta a la esquina, a treinta metros de la casa de Rojas, fui aminorando el paso. La presentación de la profesora, el vestido beige, los labios rojos, la pregunta dieciocho y el consejo de mi hermano me pasaron por la mente como una película. Mis pasos se fueron acortando y estaba más transpirado en ese momento que cuando hicimos la entrada en calor. Me detuve frente a la puerta de madera, acomodé un poco mis rulos, respiré hondo y toqué el timbre.
Estaba más bella que nunca, con una camisola blanca y una pollerita de jean. No recuerdo si tenía puesto algo en los pies.
- A buen entendedor, pocas palabras, Panzotti – me tomó de la mano y me llevó sin rodeos hasta su cuarto.

Autor:
Adrián Tanus participa del taller literario de Santiago Espel, en Biblioteca Bernardo Delom. Su mail es adrianmt2000@yahoo.com.ar, y su teléfono 15-6162-8708. Sus escritos pueden encontrarse en: www.cuatropuentes.blogspot.com

viernes, 1 de agosto de 2008

Cuentos de Película - Tarnagarsh

Ya hacía dos horas que se encontraba vagueando por la calle, sin nada que hacer, parecía ser otro verano aburrido en el que nada pasaría, no se revelaría ninguna verdad universal, nada de eso por lo que espero tanto tiempo por el tiempo libre.
Como las aventuras no aparecen de la nada decidió que seria hora de usar un poco de su imaginación y crear un mundo en cual poder vivir estos dos o tres meses que duraran sus vacaciones; pero solo no podría hacerlo, necesitaba compañía.
En su cabeza sonaban nombres de quienes podrían acompañarlo, pero todos los nombres que aparecían o se encontraban geográficamente muy lejanos, o ya tenían otras obligaciones, o solo intuía que lo mandarían a freír espárragos.
Igualmente todo es arriesgarse, se encontraba cerca de la casa de su mejor amigo de la infancia, aunque si bien sus caminos los habían distanciado, todavía algo podría quedar, algo de ese lazo mágico que es construido en la infancia.
Toco su timbre casi de memoria, esperó diez, veinte segundos. Cuando ya se estaba impacientando una voz conocida le preguntó:
- Hola que tal, ¿está Guido?
- Sí, ya le aviso.
- ¿Hola?
- ¿Qué tal, Guido? Acá Santiago, estaba formando un grupo para ir de de cacería por el dragón negro de Tarnagarsh, ¿querés sumarte?
- ¿Qué?
- Ir a cazar al dragón negro.
- No puedo es que justo estoy comiendo.
- Ok, no te hagas problema, pero cuando vuelva cubierto de gloria, oro y fama, no te quejes.
- No importa… chau, nos tenemos que juntar un día para un fútbol.
- Veo, tal vez este comiendo.
- Te llamo a las 5 de la tarde.
- A esa hora desayuno.
- Estás en esos días que es mejor perderte que encontrarte.
- Sobre todo si sos el dragón negro de Tarnagarsh.
- Jajaja, dale, si pasás por la morada de los duendes robadles un poco de tabaco blanco.
- No creo, es justo para el otro lado, pero te puedo traer cola de salamandra bordó, tiene el mismo efecto y en Tarnagarsh hay mucha.
- Dale, mi vieja te manda saludos.
- Dale los míos.
Y así nuestro héroe continuó solo su travesía, sabía que en Tarnagarsh encontraría resistencia pero solo la que él mismo generara. Lo bueno es que no habría enemigos inimaginables, lo malo es que no habría ninguna sorpresa. Caminó su sendero de iluminación paseando por lugares conocidos, intentando internarse en lo desconocido. Pero no lo pudo lograr. De golpe casi sin pensarlo, la tierra se volvió cada vez mas árida, el cielo celeste se tiñó de azufre, sus ojotas se transformaron en botas de cuero, sus bermudas se alargaron y le cubrieron todo el largo de sus piernas, una tela escamosa, como escamas de pescado o de alguna lagartija mágica de esas que pululan por los cuentos de hadas, su remera también cambió, no tanto en forma sino que se volvió de un material parecido al de sus pantalones, aunque de otro color, sus pantalones fueron de un beige pálido, su remera, de un rojo anaranjado, su bicicleta se transformó en un poderoso corcel, negro, que podría echar fuego por sus fosas nasales si él se lo permitiera.
Ya estaba en Tarnagarsh o al menos cerca de ella, pero estaba sin un grupo y lo más importante sin siquiera saber donde se encontraba la guarida del dragón, ni una estrategia para matarlo, pensándolo bien ni siquiera tenia armas. Pero eso no importaba, el haber llegado era un logro.
Cabalgaba y cabalgaba sin un rumbo fijo, cuando de pronto vio un grupo de bestias mitad hombres mitad mono acosando a una viejecilla. Eran tres. Se acercó a toda velocidad, en el camino arrancó una rama de árbol, que se transformo casi instantáneamente en una espada, completamente ornamentada con figuras de leones y ornitorrincos. Al verlo llegar con la cara completamente desencajada por al furia y blandiendo una espada, las bestias escaparon, corriendo, no sin antes proferir una maldición: - Ehh gato, te cree’ el rey Arturo vo’.
La anciana agradeció a nuestro héroe y le pidió si no podría escoltarla hasta su morada. El caballero de roja armadura aceptó gustosamente.
Otra vez todo volvió a ser normal, él estaba sentado en su bici, con ojotas, bermudas, una remera y una rama en su mano, acompañando a una vieja a su casa…
Ahora sigue buscando Tarnagarsh; está en su cabeza, sólo que no sabe donde está la puerta.
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Autor:
Santiago Lavia. Su mail es memintieron@hotmail.com
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