sábado, 28 de febrero de 2009

El papel de la cultura en la crisis

En la Reunión de Ministros de Cultura de América latina y el Caribe, que comenzó ayer en Buenos Aires, los más de 30 representantes de la región analizaron el papel de la cultura en el escenario de la crisis mundial. En la primera jornada de intercambio, coincidieron en la necesidad de fortalecer las acciones culturales y la diversidad de cara a la crisis económico-financiera y a aplicar la cultura para combatir la pobreza y las desigualdades sociales.
En la apertura, el secretario de Cultura de la Nación, José Nun, dijo: "La cultura tiene un papel decisivo para terminar con la corrupción económica que viene de la mano de las ideas que entronizan al consumismo sobre el ciudadano".
La ministra uruguaya de Educación y Cultura, Ana Simón, señaló que "la crisis comenzó antes del año pasado, y en la cultura", con la creación de "islas de uniformidad" dentro de la globalización.
Para su par boliviano, Pablo Groux, el Estado tiene que crear "regulaciones serias" para hacer visibles las culturas originarias que los medios no reconocen. "Es una obligación de los gobiernos poner en valor esas culturas autóctonas, con sus lenguas y sus tradiciones, y hacerlo saber después a los medios, porque hablamos de identidades, pero también tenemos que hablar de invisibilidades", dijo Groux a LA NACION.
El consejero cultural de la embajada de México, Alfonso Nieto, coincidió en la necesidad de desarrollar un "mayor mestizaje" cultural y, con palabras de Carlos Fuentes, dijo que "cuando una civilización se cierra, se debilita y tiende a desaparecer. No caigamos en el narcisismo cultural. Mantengamos las ventanas abiertas".
El ministro Mario López Chavarri, de la embajada de Perú, contó que, ante la crisis, su país "desarrolló un mayor mestizaje de la cultura que lo llevó a reconocerse mejor en su identidad". Américo Córdula, del Ministerio de Cultura de Brasil, contó que su país está abocado a difundir las culturas originarias en la escuela para que las nuevas generaciones tengan una perspectiva integrada de su historia.
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Atículo publicado por el diario LaNación el día 27 de febrero de 2009.

lunes, 16 de febrero de 2009

El Espejismo de las Multitudes

Más gente en los espectáculos callejeros, récord de público en las grandes apuestas culturales de la ciudad, multitudes en museos y ferias. Aunque las estadísticas de 2008 podrían alentar el optimismo, ya hay quienes dan la voz de alerta: masividad no siempre es sinónimo de una cultura democratizada.

Como el PBI, la imagen positiva y la sensación térmica, la cultura también se mide en números. El éxito de una política cultural parece estar atado hoy fuertemente a un indicador poderoso: mucha gente, contada en cientos, miles y cientos de miles de personas que asisten a un espectáculo callejero, recorren una feria, visitan un museo, hacen cola para entrar a una función de cine u ocupan la calle para asistir a un espectáculo musical al aire libre.
A tono con la elogiable meta de "democratizar la cultura" que se ha convertido en leitmotiv en muchas ciudades del mundo, la masividad -y la muchedumbre visible, mucho mejor- es un logro resaltado y explotado en la gestión cultural de inspiración pública y privada.
Sin embargo, sin desmerecer los beneficios de una política cultural que rehabilita el espacio público para la gente con actividades gratuitas, hay quienes dan la voz de alerta: asistencia masiva no quiere decir hábito y, más allá de los encuentros multitudinarios que parecen borrar diferencias, la ciudad mantiene sus fronteras, muchas de ellas simbólicas: no sólo deja pasar algunas expresiones culturales e invisibiliza otras; también incorpora algunos públicos sin lograr integrar a otros.
Si se miran los números, Buenos Aires aparece desbordada de entusiasmo por la cultura, una energía que además viene creciendo año tras año.
En 2008, más de 1.200.000 personas visitaron la Feria del Libro. Los museos de la ciudad tuvieron un 52% más de visitantes que en el año anterior; el Museo Nacional de Bellas Artes duplicó la cantidad de público y el Centro Cultural Recoleta llegó a los 2 millones de personas. La Noche de los Museos, en noviembre, convocó a 454.000 personas, unas 40.000 más que en 2007. Casi 14.000 personas fueron a ver Metrópolis , la película muda de Fritz Lang, a la Costanera Sur. En 2008, hubo más de 120.000 personas en la arteBA más exitosa de sus 17 ediciones y el Festival de Cine Independiente (Bafici) vendió 170.000 entradas, un 63% más que en 2007.
Aunque las estadísticas podrían darle razones al optimismo, ya nadie es tan ingenuo. ¿Es cada vez más gente, o es la misma, pero con un menú de opciones que, con más creatividad en las propuestas, se está multiplicando año tras año?
Mientras se admite que no hay estudios del público que puedan contestar de manera concluyente esta pregunta -en varias instituciones dijeron estar analizando relevamientos de público por estos días-, otras cifras marcan contrastes.
Según el último estudio de indicadores culturales que todos los años elabora la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Untref), con cifras oficiales, el 35,7% de los argentinos dijo no haber leído ningún libro en el año. De ellos, casi el 47% lo hizo por falta de interés. Los mismos datos indican que el 54% no fue el cine en los últimos tres meses, el 33,7% de ellos porque no lo encuentra interesante. En el mismo sentido, el Informe de Tendencias Sociales y Educativas de América Latina en 2008, realizado por la OEI, muestra que el 59% de los chicos argentinos vive en hogares donde hay menos de 25 libros.
"No me parece erróneo tener la masividad como un objetivo pero hay otras formas de incentivar la participación de los ciudadanos en la cultura. Los grandes acontecimientos masivos suelen no crear hábito y convertirse en entretenimiento", dijo a LA NACION José Miguel Onaindia, abogado, experto en políticas culturales, ex director del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) y del Centro Cultural Rojas. Siguió: "En los últimos años hay en Buenos Aires una actividad cultural muy nutrida, pero no por eso se ha producido un mejoramiento de la calidad de vida, de la calidad institucional y de la convivencia. El público con hábito cultural es muy reducido".
Con matices, la gestión cultural en Buenos Aires se ha sumado en las últimas gestiones de gobierno -de distinto signo político- al mainstream de la política del área en el mundo (la ciudad de Barcelona, con su apuesta a la renovación urbana en clave cultural), que privilegia como objetivos recuperar el espacio público para los vecinos, democratizar el acceso a los bienes culturales y "crear ciudadanía". A la cultura, en este enfoque, se le pide mucho: que produzca dinero, que genere identidad, que sirva para crear una marca en el mundo y que integre socialmente.
"Una política cultural que pone el eje en la masividad revierte rápidamente y con poco dinero en éxito para el político de turno", sintetizó Mónica Lacarrieu, antropóloga, investigadora del Conicet y de la UBA, especializada en estudios urbanos. "Los festivales culturales son como una campaña electoral permanente", sintetizó.
A eso apunta también José Nun, el secretario de Cultura de la Nación, al recordar que fue justamente en los 80, con el fenómeno de espectacularización de la política, cuando se dio el auge de los actos culturales masivos, que traían rédito político a los funcionarios de turno, algo que se agudizó, señala, en los 90. "El problema, para mí, es que si eso no se acompaña con una labor de formación y difusión cultural, con participación de la gente, no sirve. Por eso, el 90 por ciento de nuestro presupuesto está dedicado a programas de larga duración dirigidos, por un lado, a dar acceso a la cultura a sectores que no lo tienen y, por el otro, a estimular la creatividad del público." El ejemplo al que acude, entre otros, es el programa Casa y libros, a través del cual, las viviendas que entrega el Gobierno se entregan con bibliotecas y los promotres de lectura se acercan a hacer tareas de lectura.
"Por eso a mí me dicen que mi gestión tiene baja visibilidad, pero es así como yo creo que se debe trabajar. Claro que se paga un costo político, porque en los grandes eventos masivos el funcionario fabrica estar en esos eventos, aparecer por televisión, pero yo creo que el verdadero trabajo es dejar marca día a día".
Cultura visible
Con base en estudios de campo que realizó en distintos barrios -muchos de ellos dedicados a relevar fiestas locales y a analizar las murgas y los inmigrantes-, Lacarrieu desconfía de la reunión de mucha gente. "La masividad tiene que ver con la misma gente que iría si tuviera que pagar entrada. Los sectores populares no salen de su barrio, a veces porque no tienen dinero para el transporte, pero también por un tema simbólico: hay lugares en los que no se sienten parte", dijo.
De modo que, mientras que para esos sectores aún pesan las fronteras simbólicas vigentes en la ciudad, para los sectores medio y alto el acontecimiento genera su propia fascinación. "Se ha estandarizado un tipo de consumo cultural muy vinculado al acontecimiento, generalmente masivo. Más allá del contenido, el propio acontecimiento es un valor en sí mismo para quien asiste, le puede dar sentido de pertenencia a un colectivo de intereses comunes", apuntó Fernando Arias, sociólogo, parte del Observatorio de Industrias Creativas del gobierno porteño y uno de los analistas del informe de Indicadores culturales de la Untref.
Consumir cultura
Hoy la cultura es una de las áreas más visibles del gobierno de Mauricio Macri en la ciudad. Hernán Lombardi, responsable del área, desmiente que la masividad sea un objetivo central de su política. "Nunca apelamos a la masividad por sí misma ni organizamos algo que sólo fuera a asegurar una convocatoria televisiva", dice. Y ejemplifica: "Este verano hay 800 actividades en todos los barrios de la ciudad, lo que es más difícil de producir que un solo evento. Abrimos la Noche de los Museos con Metrópolis , que es cine mudo alemán, no con un recital. Sostenemos encuentros de poesía a los que van 150 personas. Y tenemos actividades en el anfiteatro de Mataderos y en el Parque Roca, no en Pampa y Figueroa Alcorta". Lombardi admite que están "encantados con que vaya mucha gente", pero que "se la puede convocar con actividades muy exigentes".
En efecto, los funcionarios coinciden en remarcar que "masividad" -a la que vinculan con algo de fácil digestión, casi "televisivo"- no es lo mismo que mucha gente. Pero Nun no divide las aguas allí. "Creo que una cosa es la masividad en un acto público en el que canta un intérprete comercialmente muy conocido (lo que es muy costoso para el Estado y, además, no aporta mayores beneficios que si la gente lo ve por televisión) y otra la masividad en la asistencia a museos, en la que hay un efecto residual positivo, porque si la gente se entusiasma con el mueso, querrá después ir a otra muestra, a otro espacio de arte."
Claudio Massetti, director del Centro Cultural Recoleta -uno de los espacios culturales más exitosos de 2008 en números-, lo deja claro. "Que venga mucha gente no significa que sea masivo. Para un espacio público, como éste, lograr que venga cada vez más gente es una marca de objetivos cumplidos cada vez con mayor eficacia", afirma. "Pero lo que tenemos no es una oferta masiva. Además, en el arte contemporáneo, la obra no es sólo para mirar, sino que necesita del público".
Justamente los museos de todo el mundo -incluso los más destacados como el MOMA, el Louvre, la Tate Gallery y El Prado- han atravesado en las últimas décadas un movimiento de renovación, no exento de críticas, que apuntó básicamente a abrirlos a la gente, hacerlos accesibles y amables, y "traducir" la alta cultura rodeándola de actividades educativas, para chicos, cine, presentaciones de libros y tiendas de souvenirs. Por el Centro Cultural Recoleta pasaron en 2008 dos millones de personas, en buena medida gracias a la ampliación del horario (ya no está cerrado los lunes y el horario es de 10 a 21) y la apertura del Patio de los Tilos. Y es un buen escenario para observar las diferentes formas en que un espacio cultural puede "consumirse".
Massetti lo describe: los días de semana, de 10 a 16, hay turistas extranjeros. "Muchos nos sorprenden por lo que saben de arte latinoamericano", dice. Promediando la tarde, artistas, estudiantes y jóvenes "que normalmente habitan los espacios culturales". Y los fines de semana está el "turista interno: gente que viene de todos los barrios de la ciudad y recorre el Recoleta como parte de todo el paseo, incluida la feria de artesanías de la plaza".
La masividad no está mal, hay coincidencia, siempre que no sea el único objetivo de una política cultural. Así piensa, por ejemplo, Gustavo López, actual subsecretario de la Presidencia, que fue secretario de Cultura porteño entre diciembre de 2003 y marzo de 2006, durante la segunda gestión de Aníbal Ibarra.
"Hay que unir la masividad con otros objetivos, como el acceso universal a lo bienes culturales. Durante nuestra gestión, hacíamos recitales, pero en ellos recibíamos libros que luego llevábamos a las 70 bibliotecas que instalamos en los comedores populares", contó.
"El secreto de las políticas públicas está en la continuidad en el tiempo. La Noche de los Museos como política sola no alcanza, pero si se repite durante diez años, se genera hábito en la gente", afirmó.
¿Qué alternativas hay, entonces, además de convocar multitudes, para una política cultural?
"La masividad estaría bien si existiera además una política cultural más integrada, para visibilizar a ciertos sectores de la población. No hay políticas para sectores que consumen otras cosas: grupos de jóvenes a los que les gustan Callejeros, el rock chabón, la bailanta, la cumbia, los floggers", dice Lacarrieu. "En cultura, el Estado debe ser un intermediario, no un interventor, y eso puede querer decir apoyar una expresión cultural que ya existe, en un barrio o en una localidad alejada del centro y de la visibilidad mediática".
Arias aportó otros ejemplos. "Hay políticas públicas culturales que trabajan sobre otros aspectos, como las ayudas a la producción audiovisual que otorga el Incaa; el acompañamiento al sector editorial o discográfico local en ferias internacionales, o la realización de ferias y espacios de negocios en la ciudad, como el Bafim", dijo Arias.
Lo cierto es que, más allá del debate sobre la eficacia de fondo que pueda aportar la masividad, cualquier esfuerzo del área cultural no podrá nunca saltar las vallas del área social y educativa: la Argentina es un país que hoy tiene (según cifras extraoficiales) 12 millones de pobres y 4 millones de indigentes, y en donde 371.000 jóvenes de 15 a 19 años trabajan y abandonaron sus estudios, y otros 329.000 no trabajan, no buscan empleo y abandonaron el colegio. El desafío de las fronteras culturales se presenta más complicado en este contexto.
Claro que tampoco alcanzaría solamente con reincorporar a los chicos en el sistema educativo. "No hay una política cultural exitosa sin una política educativa que la acompañe. Si no hay una política de formación cultural en la escuela y en los medios que incentive la promoción de las actividades culturales, forme gente con sentido crítico y de apreciación, es imposible que una política cultural genere ciudadanía y mejore la calidad de vida de la gente", dijo Onaindia.
En el fondo, cabe poner en debate el papel que puede tener la cultura en la vida de la gente. "Hay una idea de que la cultura incluye de forma automática, que es inocua, siempre positiva y progresista. Pero también puede ser un instrumento de control y de poder, que establece límites de quién pertenece y quién no", dijo Lacarrieu.
Y no puede solucionarlo todo. "Cuando se integra a los jóvenes a algún acontecimiento masivo supuestamente se les reconoce el derecho a acceder a la cultura, pero esos jóvenes siguen viviendo en malas condiciones, no tienen educación ni posibilidades de trabajo. Eso no lo arregla la cultura", afirmó Lacarrieu.
Desde la gestión, todos coinciden en otorgarle a la cultura una posibilidad transformadora. "Está bien pedirle mucho a la cultura. Es importante que sirva para hacer una sociedad más convivible y ayude a recuperar el espacio público", dijo Lombardi.
Objeto de consumo, marca identitaria para una ciudad, fuente de recursos económicos, impulso para recuperar el espacio público, campo de rédito político rápido, la cultura tiene todas las posibilidades de abrir fronteras y a la vez de reforzarlas. El desafío sigue siendo cómo compatibilizar mucha gente con gente distinta.
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Por Raquel San Martín
Artículo publicado el domingo 8 de febrero en el Diario La Nación.

jueves, 12 de febrero de 2009

Homenaje a Cortázar a 25 años de su muerte

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Lo Sagrado y lo Profano
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Propongo considerar a Julio Cortázar el payaso sagrado por excelencia. Habrá por supuesto quienes trepiden ante uno u otro término, quienes insistan que calificar de payaso a un escritor de tamaña envergadura y vuelo tan alto... Habrá a quienes la palabra sagrado les dé urticaria. Me explico. En las culturas indoamericanas los payasos sagrados con sus bromas procaces y hasta abyectas tienen por función desacralizar lo sagrado, volviéndolo aún más sacro. Una vuelta de tuerca gracias a la cual entran en juego instancias superiores de acceso a una suspensión del descreimiento que resalta, por contraste, aquello que tiene verdadero valor.
Entre los indios pueblo, los locos payasos semidesnudos, embarrados, transgresores a ultranza, son los únicos seres capaces de interpretar el idioma de los dioses y pueden y hasta deben molestar y burlarse de los solemnes oficiantes. Los payasos señalan el inefable punto de contacto entre la sacralidad y lo profano, entre el secreto y su develamiento: las dos caras de una misma moneda. Y Julio Cortázar hizo lo propio en literatura. Su mirada seria y a la vez irónica supo detectar lo grotesco que nos circunda y supo poner el sentido del humor al servicio de su lucidez. Al igual que los cronopios, sus lectores solemos alcanzar el pavor de aquello que estamos siempre a punto de comprender y que sin embargo nos elude.
Grandes de la literatura han caminado el difícil filo hasta tocar con la punta de los dedos el vértigo de lo inefable. Pocos o ninguno lograron la mirada doble y simultánea de quien está inmerso en la búsqueda y a la vez observa al que busca y de a ratos se burla de ambos. Johnny Carter y su abominable biógrafo, ¿quién de los dos es el verdadero Perseguidor? Oliveira y Traveler, y todos los personajes que se encuentran en la ciudad de sueños en la memorable novela, 62, en un modelo para armar que se desarma y se rearma a cada instante para brindar nuevas figuras donde el vampirismo es sólo una anécdota más del misterio de la vida y la muerte que Julio entrevió de cerca, entreverado.

La unión de los opuestos le hizo guiños desde la infancia y la frase “Qué risa, todos lloraban”, dicha por un compañerito de colegio durante un velorio, acompañó a Cortázar como llamado de atención. No tomar lo serio en serio, dice uno de los sabios preceptos de la Patafísica, su ciencia favorita. En la vida, entendió Cortázar, el horror y el humor bailan al unísono en un salto al vacío que miles de ávidos lectores hicieron propio rayueleando entre la tierra y el infierno, y se vieron en espejo. En espejo oscuramente, como alentaba el que te jedi, quien alguna vez aclaró que “se explicará como en broma para despistar a los que buscan con cara solemne el acceso a los tesoros”.
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Por Luisa Valenzuela, escritora.
Artículo publicado en el diario Página12.