domingo, 21 de septiembre de 2008

4ta. Campaña de Libro Libre Argentina

Hoy 21 de septiembre de 2008, llevaremos libros al Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. Libro Libre Argentina Cumple 3 años. Queremos darles las gracias a todos los que han participado y colaborado con esta experiencia, a todos los que ayudaron a difundir y reenviaron aquel primer mail, a los que publicaron acerca de la existencia de este movimiento en diarios, revistas y blogs, a todos los que nos escribieron emocionados o con dudas y preguntas, a los que nos escribieron para agradecernos la oportunidad de jugar, compartir y leer. Gracias a la participación de todos ustedes también logramos cumplir con los objetivos que hace 3 años nos planteamos. Esto nos obliga a hacer una revisión, un replanteo. Les proponemos que, a partir de ahora, sean ustedes quienes convoquen a la liberación de libros para continuar la construcción de esta gran biblioteca itinerante y que sean ustedes también quienes propongan otros juegos que ayuden a mejorar la comunicación y las relaciones sociales.También les pedimos que colaboren con bibliotecas barriales, municipales y escolares pero especialmente que colaboren, creen o ayuden a crear bibliotecas en hospitales para que los enfermos y quienes los acompañan puedan acercarse a la lectura en las largas horas de los largos días que muchos pasan internados.

Si están interesados en hacer donaciones, si saben de alguna biblioteca que necesite ayuda o si quieren voluntariarse para llevar libros y leer en hospitales, no duden en escribirnos a correo@librolibreargentina.com, intentaremos seguir siendo un nexo entre quienes pueden dar y los que necesitan.

Nuevamente GRACIAS y felicitaciones a todos por esta construcción colectiva.

¡Feliz Primavera!

http://www.librolibreargentina.com/

sábado, 20 de septiembre de 2008

Cuentos de Película - Los Pasillos del Destino

A Darío siempre le llamaba la atención observar cómo las toscas manos del Pete manipulaban, con habilidad de relojero, ese tubito metálico al que trabajosamente rellenaba con hilachas de hilo sisal, mezclado con ese polvito blancuzco. Luego lo comprimía una y otra vez con su dedo índice, que más que dedo parecía un apéndice de cuero terminado en una uña más sucia que la de un mecánico.
A veces le metía virulana, esa malla metálica entreverada que sirve para lavar platos o pulir objetos metálicos y que, contra toda lógica, se quema fácilmente. Pero la Virulana es demasiado cara y a veces no hay disponible, entonces se la rebuscaba metiendo otras cosas, aserrín, papel picado, hilo, lo que consiguiese.
El Rafa miraba la operación con cara de opa, sus facciones huesudas, sus ojeras tan grandes y oscuras que parecían un antifaz, la boca entreabierta, los ojos fijos en las manos laboriosas del Pete. Era evidente que las continuas fumatas del polvito blanco estaban causando estragos en su cerebro y en su cuerpo, pero al Rafa parecía no importarle, a decir verdad, nada parecía importarle.
Es más, a la mayoría de la gente de la villa parecía no importarle nada de nada, la música de bailanta se escuchaba permanentemente de fondo como si todos los días fueran de fiesta. La gente se reía constantemente, los muchachos bromeaban entre ellos, ¿estaban alegres?, se preguntaba a veces Darío, ¿alegres de qué?. En realidad, más que alegría, parecían representar una grotesca, tragicómica caricatura de la felicidad. El consumo de alcohol ayudaba mucho, seguramente, a mantener esa apariencia feliz.
El hermano de Darío, Juan, alias El Mono, también esperaba que el Pete terminara su trabajo, entonces daba saltitos nerviosos mientras frotaba sus manos, con esa delgadez extrema que lo caracterizaba y esas orejas en asa que le ganaron el apodo. Era dos años menor que Darío pero de estatura casi igual, en lo único que se parecían, porque Juan era más salvaje, más independiente, más desprejuiciado.
El Pete observó el tubito de un lado y otro, le dio un retoque y otra apretada al relleno, lo volvió a observar con ojos de experto. Finalmente el resultado pareció conformarlo y entonces estiró la mano en un movimiento automático, repetido centenares de veces, para tomar el encendedor que le alcanzaba el Rafa. Puso la llama en una punta del tubito encendiendo la estopa de hilo, después acercó el otro extremo del tubo a su boca sin separar el encendedor y aspiró profundamente. Su rostro quedó envuelto en un humo grisáceo con aroma acre, exhaló lentamente, como disfrutando, luego aspiró otra profunda bocanada y le pasó el tubito al Rafa que lo esperaba ansioso. Más tarde le tocó el turno al Mono, que repitió el ritual de las dos bocanadas y quedó en un estado que quería parecerse al éxtasis, pero que en realidad daba la impresión de ser una mueca de lo que Rafa imaginaba sería la satisfacción.
Darío se limitaba a observarlos, había aspirado el humo espeso y áspero una vez y no le había gustado, le había dejado un gusto feo en la boca y un dolor de cabeza que le duró varios días. ¿Qué encontraban de bueno sus amigos en ese polvito blanco?, se preguntaba sin encontrar respuesta
Es cierto que por un momento, recién inhalado el humo de la pipa se había sentido más fuerte, más alto, más lindo, más seguro, hasta se sintió rubio de ojos celestes. Por unos instantes tuvo la sensación de que era capaz de encarar cualquier desafío, de que el mundo le quedaba chico, la cabeza le daba vueltas, los pensamientos se le mezclaban, el ruido de la calle y las voces de los otros le parecían un murmullo lejano.
Lo malo fue que ese estado maravilloso le duró media hora, y el dolor de cabeza y las náuseas varios días. Cuando llegó a su casa y se miró al espejo se desilusionó al comprobar que seguía siendo el mismo negro, petiso, feo y miserable de siempre.
Estas actitudes de no integrarse del todo a las costumbres del barrio le habían ganado entre la barra de amigos la fama de raro, raro en el sentido de distinto, entiendasé, no de lo otro, de eso no había dudas.
-Por lo menos no le vayas con alcahueterías a la vieja – le había dicho una vez Juancito.
-No seas salame che, si vos sabes que yo nunca le cuento nada a la vieja- contestó Darío entre enojado y ofendido.
Nunca le cuento nada a la vieja, nunca le cuento nada a la vieja, nunca le cuento nada a la vieja, la frase quedó rebotando en su cerebro por días y días. ¿Haría bien en no contarle nada de lo que veía y oía a su madre? ¿Haría bien en callarse lo que sabía que hacía su hermano? Su madre parecía distraída, parecía no darse cuenta de nada, como muy ocupada en otros asuntos.
Aunque a veces, si uno no tiene soluciones para ofrecer, a lo mejor es bueno no darse cuenta de nada, pensó Darío.
Pero él sabía que el Mono andaba en malos pasos por eso se preguntaba si hacía bien en no decirle nada a su madre. Una vez había visto al Mono, al Pete y al Rafa manipulando un revólver que alguien les había vendido o alquilado y sabía que no lo habían comprado para practicar tiro al blanco, ni para cazar pajaritos. Además, el Mono, a veces, se aparecía con zapatillas de marca, relojes caros, equipos de música. Era evidente que no los compraba. Luego los objetos desaparecían rápido, seguramente vendidos a precio vil para tener efectivo y comprar el maldito polvito blanco.

Su madre miraba la televisión mientras lavaba la ropa de él y de sus cinco hermanos en el fuentón de latón, friega que te friega en la gastada tabla de lavar. En la televisión aparecían siempre tipos elegantes, montados en autos hermosos y brillantes, o en motocicletas impecables, acompañados por tremendas mujeres, de largas cabelleras y hermosos cuerpos, que se arrimaban mimosas a los tipos y parecían adorarlos, ¡lo que puede la guita!, pensaba Darío.
En todos los canales pasaban programas en los cuales se mostraba una vida tan distinta, tan mejor a la suya, tan impensable que parecía ser de otro país, más que de otro país, de otro mundo parecía, pero no, era gente de este mundo y de este país, que hacía derroche de plata, lujo, frivolidad y alegría hasta la obscenidad, gente de mundo, que hoy estaba en Punta del Este y mañana en Europa y luego en New York, con tanta naturalidad como Darío transitaba por las calles de barro que rodeaban a su casa.

Gente que tenía tiempo para hablar de una sarta de pavadas durante todo el día, para bailar en un programa, pelearse con alguien en otro, y comentar una y otra vez lo sucedido en otros varios programas que, como bichos carroñeros, se alimentaban de lo que pasaba en el de la noche. ¿De qué laburarían estos cosos?, se preguntaba Darío a veces. Porque no me digan que eso de hablar pavadas en la tele y bailar medio en bolas en algún programa es un laburo, estos tipos y minas están siempre de joda, pensaba Darío con algo de bronca y mucho de envidia.
A veces se le daba por pensar que esa gente no existía en la vida real, que eran solo personajes de la televisión, pero sin embargo él los veía a diario, cuando trataba de ganarse unos pesos limpiando parabrisas junto al Goma, su otro hermano, el mayor de todos.
Cuando cortaba el semáforo se detenían autos importados, relucientes, como los de la tele, con gente bien vestida, tipos de guita y minas muy fuertes, con olor a perfume, y caras de leonas hambrientas. Lo que más lo impresionaba a Darío eran sus miradas de desprecio, de asco, como si su mano extendida pidiendo una moneda, fuera un insecto repelente, una babosa repugnante que se acercaba reptando.
Había excepciones claro, siempre estaban los que, por lástima o por consideración, les tiraban alguna moneda.
La dignidad es un objeto suntuoso como cualquier otro, pensaba Darío, no todos podían darse el lujo de pretender ejercerla, para muchos es tan inalcanzable como una limusina o un castillo.
-¿Vos pensás que Dios existe?- le preguntó un día Darío a Pedro, alías el Mosca (lo llamaban así por su habilidad para caminar por las paredes de las casas y meterse por las ventanas a robar), su hermano mayor, que le llevaba solo dos años pero que ya había estado en la cárcel varias veces por distintos motivos que no vienen al caso.
- Y claro gil – le dijo el Mosca, -Dios se llama Diego Maradona, y es villero y argentino viejo, que más querés-.
- Yo preguntaba por el otro, por el verdadero – dijo Darío desilusionado
- No sé pibe, a ese no lo vi nunca, no lo conozco, y por lo que veo que pasa acá, si existe, debe estar muy ocupado en alguna otra parte, vaya a saber uno en qué fatos anda el barbudo, porque lo que es a nosotros, no nos da ni pelota - le contestó el Mosca mientras se empinaba de un trago el vaso completo de vino tinto.
-Pero bueno, ahí tenemos como intermediaria a la virgencita de Itatí- le dijo riendo y señalando la pequeña capillita con la estatua de la virgen que se erigía una cuadra más allá.
-Eso si, no te afanes las monedas que le deja la gilada porque esas son mías – .
El Mosca se reía y se servía otro vaso generoso de tinto, era joven pero le faltaban casi todos los dientes.
Cuando Darío contó en su casa que el verdulero de la esquina le había ofrecido darle unos pesos a cambio de repartir verduras a domicilio, la única que pareció alegrarse fue su madre, sus hermanos se rieron y se miraron entre ellos como sin entender. Una vez a solas, el Mosca y el Mono lo jodían porque Darío les dijo que podía llegar a juntar trescientos o cuatrocientos pesos por mes con el reparto.
-Y vos, pedazo de salame, te vas a deslomar todos los días para juntar esa miseria. En una noche de caño con nosotros sacarías veinte veces esa cantidad, gil- le dijo el Mosca tanteando el revólver que ocultaba en su cintura y que su madre nunca había visto, tal vez porque siempre estaba mirando para otro lado.
Darío les gambeteaba a las malas compañías, tenía que convivir con ellos sin que se le peguen los malos hábitos, pero sin parecer un sapo de otro pozo. No era fácil, parecía un delantero habilidoso zigzagueando entre los defensores rivales, escapándole a las zancadillas y las patadas que le tiraba el destino. ¡Qué difícil se hace todo che!- se decía a si mismo o a algún amigo de confianza. Algunas veces te dan ganas de mandar todo a la mierda y dedicarte a la joda como los chabones de la tele.
-Para eso hay que nacer con guita o con suerte- sentenciaba su amigo, a nosotros seguro que nos sacan a patadas nos sacan-.
-¿Será cierto que uno nace con el destino marcado?- le preguntaba Darío a su amigo una noche de verano, mientras acostados en el terraplén del ferrocarril, miraban las estrellas que brillaban como si el cielo fuera una sábana negra toda agujereada, por donde se filtraba la luz de algún farol.
Su amigo se escarbaba los dientes con una pajita que había recogido del suelo.
- Y si, puede ser, para mi algo de eso hay, me parece que cuando uno nace para pito nunca llega a ser corneta – sentenció con una filosofía sencilla pero afilada.
-Es jodido pensar así- dijo Darío – quiere decir que uno tiene que dejarse llevar por la corriente, total, haga lo que haga no podrá cambiar nunca su destino, entonces para qué esforzarse, para qué romperse el coco pensando en salir del pozo, para qué remarla si la corriente en contra te mantiene siempre en el mismo sitio, ¿jodido no?- Se quedó callado, pero haciendo gestos, como si sus contradicciones continuaran en silencio dentro suyo.
Su amigo se había quedado dormido, se escuchaba su ronquido suave y monótono. A Darío no le importaba, a decir verdad él hablaba consigo mismo, su interlocutor era una simple excusa para cubrir las formas, para que no lo tomaran por loco por estar hablando solo, o para convencerse a si mismo de que estaba hablando con alguien.
-Por ejemplo a mi me gusta la Julia, ahora que tengo trabajo estoy juntando unos mangos para comprarle un vestido, uno verde con rayitas blancas que vi. en la feria el otro día. La Julia parece una buena piba, su familia es de terror, pero ella parece de otro palo, siempre prolijita, muy seria. Estudia para maestra creo. Sus hermanos son unos vagos, a veces se juntan con los míos y no creo que sea para nada bueno. Si la Julia me da bola me meto en serio. Su amigo roncaba más fuerte.
Ese día Darío regresaba a su casa después del reparto, estaba contento, Julia había aceptado ser su novia, el vestido verde con rayitas blancas le había encantado, caminaba distraído pensando en que a lo mejor el destino lo escribía cada uno.
Cuando levantó la cabeza vio venir al Mosca y al Mono corriendo, levantó un brazo como para saludarlos. Recién entonces vio que el Mono tenía el revólver en la mano y detrás de ellos pudo ver a tres policías que los corrían a los tiros, uno de ellos levantó la nueve milímetros y disparó, la bala debe haber pasado rozando al Mosca, le pegó a Darío en medio del pecho. Cayó al suelo, primero de rodillas y después de costado. Antes de morir alcanzó a ver que sus hermanos se perdían entre los pasillos de la villa y sintió algo de alivio.
Puede ser que el destino esté escrito, o que cada uno escriba el suyo propio, el problema es que hay demasiada gente que no sabe leer ni escribir.

Autor:
Alfredo Guastavino vive en Munro. Su teléfono es 4765-7051 y su mail aguastav@yahoo.com.ar

lunes, 15 de septiembre de 2008

Poesía y Pintura

El pasado viernes 12 de septiembre a las 19:30hs. tuvo lugar el cierre de la Retrospectiva del artista Daniel "Dante" De Lorenzi. Para celebrar el mismo, un grupo de escritores locales y músicos se reunió en la Casa de la Cultura de Vicente López.
Facundo De Lorenzi (en el violín) y Ulises Martínez (en el acordeón) le pusieron música a los escritos de Brenda Mezzini, Cecilia Ortiz, Mary Acosta, Carlos Benchetrit y Martín Gómez Escribano, todos escritores locales que se acercaron para compartir sus textos.

La organización del evento estuvo a cargo del Subdirector de Artes Visuales Héctor Leni.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Cuentos de Película: La Leyenda de Coronda

Gervasio Maidana nació séptimo hijo varón de una humilde familia de las afueras de Coronda. Su padre, Hipólito, llevaba en la piel expuesta de su rostro y brazos, las huellas de infinidad de años trabajados de sol a sol en el campo, cosechando frutos que otros se llevarían. Era hombre de mirada dura y andar resuelto. Muy pocas veces se lo había visto reír y en esas oportunidades parecía pedirle permiso a los músculos de su cara para hacerlo. Su esposa Jacinta aparentaba más años de los que en verdad tenía. La giba de su espalda la obligaba a andar con la cabeza gacha, lo que, para su beneficio, hacía apenas visible su mirada triste y su expresión cansada.
El día que nació Gervasio, al ver su sexo, la comadrona exclamó: ¡Lobisón ha de ser! Y Jacinta, Hipólito y los hijos mayores inmediatamente se persignaron mirando al cielo.
Sin embargo, el niño no daba señales de revelar problema alguno y fue creciendo sano y robusto, a pesar de tener su madre una actitud algo distante hacia él. No se animaba la pobre Jacinta a brindarse por entero como lo había hecho con el resto de sus hijos. Tenía la convicción de que algún día irremediablemente lo iba a perder.
En esos años la familia perdió a dos de sus hijos a causa de la difteria, y nació un octavo más tarde, por lo que la población de Coronda perdió la cuenta de cuántos hijos había dado a luz la pareja y cuáles eran los fallecidos. Así fue, que la cuestión del lobisón quedó en el olvido.
Desde pequeño, Gervasio hizo gala de un carácter alegre y jubiloso. Se mostraba cariñoso y afable con todos. Al llegar a la adolescencia floreció en él una privilegiada fisonomía de varón y un físico atlético y vigoroso. Era un joven atractivo y enamoradizo, y esta cualidad lo estimulaba para dirigirse casi todas las tardes hacia la alameda que rodeaba la aguada para ver pasar a las jóvenes muchachas del pueblo que volvían de la molienda. Las miraba embelesado y a su regreso tejía todo tipo de fantasías en su mente apasionada.
Un día, vio pasar a una joven esbelta y llamativa que concitó su atención ya que hasta ese momento nunca la había visto en el grupo de mozas. Descubrió en su modo de andar algo particular. Su figura etérea parecía suspendida en el aire, como si sus pies no necesitaran del suelo para caminar. No pudo Gervasio dejar de fijar su mirada en esos inmensos ojos color azabache, rodeados de largas pestañas. Luego recorrió su pelo brillante y liso como piel de víbora, largo hasta una cintura fina y exquisita, que resaltaba de forma notable la redondez de su cadera. La visión de esa mujer dejó a Gervasio alucinado, preguntándose si era en verdad real o la estaba soñando. Perturbado por su emoción la siguió a cierta distancia hasta llegar al pueblo, y se detuvo cuando la vio entrar al almacén de ramos generales.
Volvió a la alameda al día siguiente y al otro pero ella no pasó. Al tercer día, excitado por no encontrarla, se dirigió resueltamente al almacén y esperó largo tiempo hasta que la vio salir. Amalia llevaba en sus manos una canasta de pan. Gervasio se acercó presuroso y ofreció su ayuda tomando galantemente la canasta.
- ¿Hacia dónde vas?- preguntó
- A la panadería frente a la plaza – contestó la muchacha, mientras disimuladamente apreciaba de soslayo la varonil figura del joven.
- Te acompaño, y si me dices a qué hora vas mañana, vuelvo y te ayudo con la canasta-
- A las cuatro – contestó Amalia.
Este encuentro sería el prolegómeno de un ardiente amor, nacido con un designio adverso. Los jóvenes, que pronto comenzaron a amarse con pasión, se veían en la plaza del pueblo o en los bosques que separaban Coronda de los alrededores donde vivía Gervasio. Cuando estaban juntos, no existían el tiempo ni el espacio. Sólo ellos conocían en qué dimensión transcurrían sus vidas. Una dimensión que no podía ser penetrada por nadie más que por la pareja.
Así sucedieron meses de enardecidos encuentros. Cada día pasaban más momentos juntos y sufrían intensamente cuando debían separarse. Tenían la convicción de que nada podría perturbar ese amor infinito…
Pero algo preanunciado, habría de suceder. Una noche de verano, en que todos dormían, Gervasio sintió de pronto un impulso irrefrenable de levantarse y salir fuera de su casa. No pudo evitar el instinto, y comenzó a caminar hacia las colinas sin detenerse. Mientras marchaba, se regocijaba con los olores nocturnos, a tierra húmeda por el rocío, a flores silvestres, a animal en celo. A poco de andar, la luz de la luna llena sobre su cabeza delató los primeros vellos gruesos que comenzaron a brotar de su piel, cubriendo brazos y rostro. Miró con estupor sus manos peludas en el dorso y sus uñas largas y afiladas. Bajó la cabeza. Sus piernas y todo el cuerpo, aunque no podía verlo entero, estaban totalmente cubiertos de pelos. Las ropas comenzaban a incomodarle. Un sutil olor a animal penetró sus fosas nasales y dejó una fuerte impresión en su mente. Su andar se había transformado. El ruido de sus pisadas sobre la tierra era más intenso. Llevó sus manos a la cara, y las alejó rápidamente al comprobar que no era sólo una suave piel adolescente lo que palpaba. Alzó su rostro al cielo y presa de un intenso aturdimiento, sintió el deseo de aullar. En pocos instantes, el coro de ladridos de perros asustados comenzó a brotar de la espesura. Y desde ese momento, cada noche de luna llena, los aullidos se hicieron familiares para los pobladores de la comarca, quienes confundidos, pensaban que los lobos habían irrumpido una vez más en el lugar.
La desventura comenzó así a invadir sin permiso la vida de Gervasio. Pero su desgracia tenía un atenuante. A diferencia de otros lobisones, él no sentía la necesidad de matar. Su espíritu parecía más necesitado de amor que de sangre. Quizás por ello, las aciagas noches de luna llena, en lugar de buscar presas para ultimar, buscaba denodadamente la casa de su amada y, escondido detrás de un árbol, miraba hacia la ventana de su dormitorio y lloraba desconsolado, pensando en la posibilidad de perder su amor por el seguro rechazo que le produciría su horrible aspecto, si lo viera en esas circunstancias. Se reconfortaba al reflexionar que al día siguiente, podría mostrarle a Amalia, su otra imagen y amarla como de costumbre. Antes de marcharse, cuando se acercaba el amanecer, se deslizaba sigilosamente hasta la ventana del cuarto, cuidando que nadie lo viese, y arrojaba dentro un papel doblado que contenía los versos más bellos que jamás se hubiesen leído en toda la región. Al volver a su casa iba desgajando aullidos tan melancólicos, que sonaban como una serenata de amor. Su música llegaba a los oídos de Amalia, quien muchas veces se preguntaba qué animal sería capaz de expresar aquellos tristes lamentos que la despertaban ciertas noches, y que tanto se parecían a los humanos por los sentimientos que transmitían. Solía quedarse escuchándolos hasta que cesaban. Con el transcurso del tiempo comenzó a esperar con ansias esas noches de lamentos y poemas. Y en la intimidad de su dormitorio leía extasiada esos versos de amor que la embriagaban. Se preguntaba quién sería ese ser anónimo que la amaba tanto o más que Gervasio. Su corazón fue tejiendo una maraña confusa de sentimientos, en los que se mezclaban el amor de Gervasio, los poemas y el enigma que la abrumaba.
Una noche, desde temprano, montó guardia en la ventana esperando descubrir el misterio. Entre ansiedades y desconcierto fueron pasando las horas, pero nada vio, nadie se acercó. Cuando se disponía a dormir, divisó entre las tinieblas de la madrugada húmeda, una sombra con forma animal que huía. Luego de unos minutos, aquellos lamentos que horadaban su alma sonaron con más fuerza que nunca. Elevó entonces su mirada hacia la luna y la vio llena en todo su esplendor. Tuvo de este modo la certeza. El enigma se daba en las noches en que Selene bañaba la comarca con la luz de su plenitud.
En esos días, una tarde en que ella y Gervasio vivían su amor recostados sobre la hierba, el joven, mientras cubría de besos el rostro de su amada, repentinamente tomó sus manos con fuerza inusitada y le pidió que jurara amarlo más allá de cualquier desventura y de todo lo que pudiese acontecer en el universo. Mientras ella asentía, por la mente del muchacho deambulaban las palabras leídas en "El libro de las revelaciones" que mantenía celosamente oculto en su cuarto: "El hechizo se romperá en el preciso instante en que la persona amada bese los labios del lobisón la noche de luna llena". Ese día permanecieron gozando de su amor hasta el anochecer.
Poco tiempo después, Gervasio le pidió ver su belleza a la luz de la luna llena. A pesar de la necesidad de urdir un plan para poder salir a escondidas de su casa, ella accedió e inmediatamente ultimaron los detalles y combinaron la cita. El encuentro sería en la alameda donde se habían conocido.
Ambos esperaron ansiosamente el momento. Para Gervasio fue una tortura infinita. Apenas dormía por las noches, y pasaba buena parte de ellas llorando con desconsuelo. La tristeza y la duda le quitaron el apetito. Su madre comenzó a preocuparse, pero trataba de conformarse pensando que eran cosas de adolescente.
Finalmente llegó la noche en que la luna mostró totalmente su cara a la Tierra y Amalia, a la hora pactada, saltó secretamente por la ventana de su dormitorio, cubierta con un manto negro para pasar inadvertida, y corrió con premura hacia el lugar de la cita.
Gervasio, en tanto, transformada su fisonomía e invadido por la ansiedad y la angustia del encuentro, dos horas antes ya se hallaba atravesando el bosque que llevaba a la alameda. Caminaba nerviosamente, algo sostenía cuidadosamente con una de las garras. Sus fuertes pisadas se escuchaban a distancia. Varias liebres se cruzaron frente a él corriendo espantadas. El corazón de Gervasio latía desesperadamente. Una mezcla de amor, zozobra e inquietud lo embargaba. Pasaban por su mente infinitos rostros con distintas expresiones y en todos, los rasgos de Amalia.
Pero, al llegar a un claro del bosque, un disparo sonó potente y lacónico. El conjunto de perdigones atravesó el cuerpo de Gervasio, lo levantó en el aire y lo volteó inerte boca arriba sobre la hierba.
Los cazadores, ni siquiera se acercaron. Mientras uno exclamaba. "¡Le diste! Uno menos a comerse las liebres", el otro disparó nuevamente sobre una pareja de animalitos en la espesura del bosque y ambos corrieron a buscar las presas.
Amalia esperaría hasta la madrugada para volver a su casa confundida y triste. Ingresó silenciosamente por la ventana, se hundió en la soledad de la cama y lloró hasta que su madre le golpeó la puerta para despertarla. Su corazón dolorido no podía comprender por qué Gervasio había faltado a la cita.
Esa mañana Jacinta, al ver que el joven no estaba en su dormitorio, avisó al marido quien junto a dos de sus hijos salieron en su búsqueda. Tomaron caminos distintos y luego de varias horas recorriendo los alrededores, fue su padre quien encontró en el bosque a Gervasio. Su mirada dura se transformó en un instante y lloró en un estado de infinita e inconcebible desazón, recostado sobre el cuerpo frío, casi rozando el rostro de su hijo petrificado en una expresión indefinida. El mismo rostro de siempre. Uno de sus puños estaba cerrado contra su pecho. Lo abrió y tomó de entre sus dedos un papel doblado en varias partes. En él encontró escritos y dedicados a Amalia, a quien los entregó, los versos más tiernos que jamás haya imaginado. Lloró sin cesar hasta que fue localizado por uno de sus hijos cuando ya el Sol se ocultaba, y seguiría llorando en las sombras de su intimidad hasta el fin de sus días. Sólo él sabía que había encontrado a Gervasio exactamente en el sitio donde la noche anterior había disparado sobre aquel lobo depredador.
Nunca se supo en la comarca quién había sido el asesino del joven.
Cierto día, la sufrida Jacinta halló, mientras limpiaba el cuarto de su hijo muerto, el misterioso libro de las revelaciones. Nada se atrevió a decir. Desde mucho antes de estos acontecimientos había sospechado la amarga realidad. Su amado retoño ya tenía edad suficiente como para transformarse en lobisón y sabía que su destino sería la muerte a manos de cualquiera de los tantos cazadores que habitaban Coronda. Y en pro de salvaguardar la imagen de Gervasio guardaría ese secreto, en su frágil corazón, hasta el día de su muerte.
El mismo día en que Jacinta encontraba el libro y decidía guardar silencio, Amalia supo que llevaba dentro suyo un hijo de la persona a quien tanto había amado.
Si bien la región sería asediada en varias oportunidades por los lobos, ni la joven, ni el resto de los pobladores de la comarca, volvieron a escuchar jamás aquellos aullidos dolientes de las noches de luna llena.

Autor:
Lelia Fochile vive en Carapachay. Actualmente está participando de dos talleres literarios, uno a cargo de Santiago Espel y el otro a cargo de Juan Disante. Su celular es 15-6081-8051, su mail: leliafo@yahoo.com.ar

lunes, 1 de septiembre de 2008

Leer para escribir, escribir para leer

Para Vicente Costantini pensar en un taller literario implica abrir, cada semana, un lugar de encuentro donde el énfasis esté puesto en el placer del hecho literario y la búsqueda de la propia expresión. La escritura ficcional y poética permite a los talleristas conectarse con su interioridad, sus inquietudes y obsesiones para luego refractarlas, darles forma como un objeto autónomo, artísticamente expresivo.Tanto o más importante que el trabajo con la escritura, es el ejercicio de la lectura. Además de ser un acto placentero, la lectura es una instancia imprescindible para quien se dedique a la escritura. Por eso, la propuesta de lecturas para este taller busca comenzar con textos breves, en su mayoría cuentos y relatos, que puedan tratarse en paralelo junto a los primeros ejercicios de escritura. Trabajar ambos con igual minuciosidad permite acortar la distancia imaginaria entre la literatura "consagrada" y las propias producciones. La posibilidad de cuestionar un texto, de pensarlo como un objeto dinámico que siempre puede ser mejorado, es el primer paso para la formación de un juicio crítico.
Sábados de 10.30 a 12.30hs.
Av. Ader 4057
Delegación Municipal de Villa Adelina
Coordina Vicente Costantini
El taller es gratuito.
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Vicente Costantini nació en Buenos Aires en 1981. Profesor en Letras (UBA), escritor y poeta. Asistió durante siete años al taller literario de Santiago Espel y ha escrito tres libros infantiles para la colección "Argentinitas": Esta es Jacinta, Jacinta aprende y La Argentina de Jacinta (2007). Tiene dos poemarios inéditos: Postales del Altiplano (2002-2003) y Diario de la nuez (2004). Actualmente coordina el taller literario de la Delegación Municipal de Villa Adelina (Vicente López), y da clases en colegios secundarios de Tigre y San Isidro. Pueden hallarse algunos de sus textos inéditos en el blog: http://alcobranes.blogspot.com